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-Que va ¿estamos? por onde se le entoja- -declaró enfáticamente el tío Manuel echando á andar en X busca de su y e g u a N o quería el tratante esperar á qvie atardeciese, que es mal n e g o c i o para quien lleva dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadir r j. f se de aquel interrogatorio comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome, encogiéndose d e hombros, mofándose, tiró- n de- su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño, y se dis puso á emprender también la vuelta á la aldea, No tenía en el mundo más q u e aquella criatura: su mujer, hallándose recién parida, había muerto á consecuencia del susto de ver entrar á los civiles, que venían á prender al marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal. Solo en la Jtierra con el chiquillo, Já come lo c r i ó s a b e Dio. s cómo; y ahora se le caía la. baba viendo despuntar en Sendiño, á los seis añosmal contados, otro cazador, otro merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil ya en ardide. sy tretas de s a l v a j e para -í rf sorprender nidos, y pajarillos nuevos, para descubrii dónde ponen las gallina del prójimo y aun para engolosinarlas e c h á n d o l e granos d e m a í z h a í s t a atraerlas á la boca del saco. El padre estaba embelesado con tal retoño, y le enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la criatura lo único que despertaba en Jácome, bajo la dura coraza metálica que revestía su iones de humana ternura, ti carretera arriba, en dirección Sandias, el chico, traveseando, pierna, haciéndose el cojo. El guante del cazador, escrutaba. j- -a- -1 Les, las madroñeras y los manchones de castaños, que revestían los escarpes pedregosos de l a montaña. Si volase una perdiz, si cruzase una liebre... Pensaba en esta hipótesis, cuando un relámpago blanco y color canela lució entre un seto. MansegT. ra se echó la carabina á la cara y disparó casi siü apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó vuelo, se lanzó en dirección á la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la caza. A los dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas traseras, una liebre poco menor que él. Padre é hijo se confundieron en un grupo, admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la blanca y densa pielde su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus enormes orejas pendían; sus ojos se vi úriaban. ¡Careta, lo que pesa! balbuceó gozoso el cazador, sopesándola, babándose de vanidad paternal, porcpie Sendiño reía fanfarronamente cóUimpiando su carga. Y se entretuvieron así, padre é hijo, confundidos en la complacencia de la destrucción y la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el vigilante contrabandista, habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no oyó el ruidcv insólito, semejante al resuello j j a d e o trepidante de alimaña fabulosa; despertó al tener encima ya al monstruo, ¡taf, taf, taf! al desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido á Sendo; á su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre... y y a del coche de Jvidas ai rastro, ni señal en el horizonte... Se arrojó, fiero, loco á recoger al niño, que yacía de bruces, la cara contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le acarició... X í a: t