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do con encantadora sencillez los recuerdos de Jaime, dijo ella: ¿Tu htierto? ¡Ya lo creo, era un verdadero paraíso! Y como en las noches de luna gustaba tu madre de que acalcásemos la cena en el jardín, allí, donde más allá de la rica ría de rosales, naranjos y palmeras, se veía la llanada ínovible del mar plateado por la luna, como tu madre gustaba tanto de ello y tú adorabas á tu madre... Comprendo lo que te sucede: el cielo de ia noche, las ramas movibles, el aroma de las rosas, la luz prestigiosa de la luna... cada una de esas cosas despierta y evoca en ti sensaciones de oíros días que están en tu memoria confundidas con el recuerdo de tu madre... -Justo; y al fundirse y amalgamarse unas con otras, cada una de esas sensaciones que me traen algo de su recuerdo, intégrase éste en mí, y se reproduce en mis sentidos la visión Completa, la presencia real de mi adorada vieJecita. ¡Si tú vieses, María, con qué fuerza, con qué intensidad se destaca ante mis ojosl Vamos... si me parece que rejuvenezco, que renazco... ¡soy otro hombre! Cuando me acuerdo de ella, cuando revivo aquellos días y aquellas noches... comprendo la dicha tan grande que gozáis los que creéis en otra vida en que volvemos á encontrar á los que hemos amado. ¿Verdad, Jaime? ¿Verdad que el amor es cosa de naturaleza tan eterna, que parece que no basta una vida para alcanzar su plenitud? Jaime, que adoraba el excepcional talento de María, la miró sorprendido del singular alcance de aquellas palabras que despertaron en el alma de él ecos tan hondos y tan altos. ¡Qué cosa tan prodigiosa es la memoria! -prosiguió ella. ¿Y os atrevéis a n e g a r los milagros? Pero, dime... nuestra vida, Jaime, ¿no es un milagro continuado? ¿No es la realizaciór constante de leyes sobrenaturales rodeadas para nosotros de impenetrable misterio? Dime tú, ¡loco apologista de 16 positivo y lo real! ¿qué es lo positivo y lo real en este mundo? ¿A dónde están tu huerto, tu madre y los días felices de tu niñez? Tu huerto no existe siquiera: para emplazar tma fábrica y u n a vía férrea lo asolaron y borraron por completo; tu madre... sólo vive en el cielo; tu niñez voló como el perfume de las ñores que la envolvían... Y de todo ello, ¿qué resta, qué sobrevive? qué? Lo i7 tmaterial, lo ideal, lo intangible, í r cwerífo. ¿Y quién lo guarda? Ese c o- o sobrenatural que tu niegas, el alma, el hué. sped eterno de este deleznable barro. ¿Y no te prueba esto, con altísima elocuencia, que el espectáculo es la vida y el espectador el espíritu; que lo mudable es lo q ie pasa y lo eterno lo que persiste, conservando la impresión de estas realidades que huyen con vaguedad y rapidez de ensueño? ¿No ves que e. ste vivir tan breve é incompleto no es sino como esbozo 3 vislumbre de otro más alto y supremo? No ves que de nuestro existir lo que más amamos es lo que no es realidad, el recuerdo ó la esperanza, lo que ya no es, ó lo que no es todavía? ¿Y esto no te dice que en el inapreciable presente no cabe la plenitud de nuestro espíritu, creado para horizontes infinitos? ¿No sientes en ti mismo, á través de estas exterioridades que nos distraen de lo eterno, el preludio y como el despuntar de otra vida? ¡Otra vida, María de mi alma! ¡Sí, otra vida siento, la respiro, me invade y me posee! Siempre, en Boches como ésta, al absorberme el recuerdo de mi madre, al sentirme rodeado, lleno de su presencia... pienso que debiera existir otra vida para colmar vidas como la suya de abnegación y martirio... ¡pienso que para almas como aquéllas debe existir, existe la bienaventuranza! Pero ahora, ahora que eres tú, María, la que me habla de mi madre y de la eternidad del amor... ¡ahora siento que mi alma se despliega, se agranda, no cabe en esta existencia; ahora siento que amar es creer, adorar, prosternarse ante algo sobrenatural que nunca muere! ¡Ahora, María, te lo juro por la presencia de mi madre que me envuelve, me confieso derrotado, arrepentido; creo, creo con todo mi ser en la otra vida! DIBUJOS DE MÉNDEZ BWNGA BLANCA D E LOS RÍOS DE LAMPEREZ