Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
arder la hoguera oculta de ura amor místico, rendido, pronta al culto y á la adoración reverente. Pero mientras al otro lado de la mesa, los que éramos allí meros espectadores reflexionábamos estas cosas, en el lugar de la acción recrudecíase la lucha, y hubo un momento en que el duque, q u e tenía en la mano un cuchillo, acentuó con él d e tal modo una frase, y Alcira, cruzándose de brazos, miróle tan provocativamente, que todos creímos que la comida iba á tener final de tragedia. Por fortuna estábamos en los postres, y la condesa, con la oportunidad que le es propia, cortó la discusión invitándonos á tomar el café en la serré. Todo el mundo sabe el valor que en medio dé una situación dramática, ya insostenible, tiene la palabra hábil que muda el tema de la conversación, la entrada oportuna de algún nuevo personaje que corta en seco las discusiones, ó el paso de uno á otro lugar que separa los contendientes, apágalos fuegos, ataja el curso de la controversia y anuda en torno á los antagonistas los hilos de otras pláticas que, como red de prudencia, los envuelven y paralizan. Tal fué el efecto del hábil recurso de María, la condesita viuda de Ridaure, que i len vano pasa por una de las más hermosas y discretas damas de Madrid. II Las puertas de la serré estaban abiertas, y por ellas entraban en oleadas tibias el respiaüdor azul de la luna disuelto en el aire perfumado de Mayo. Al llegar ante las mesitas dispuestas para tomar el café dentro de la serré, preguntó Jaime á la condesa, que se apoyaba tímidamente en su brazo: ¿Aquí? ¿Y por qué no fuera? -Mandó la dama trasladar al jardín las mesillas de laca, y cuando Jaime se sentaba junto á su linda prima- -porque debe advertirse que María lo era suya, -miróle ésta, y al observar la palidez y angustia del pobre escéptico, díjole en tono familiar, cariñoso, como para reanimar su decaído espíritu: ¿Y se puede saber, primito, por qué prefieres el jardín á la serré? Jaime pensaba en aquel momento que María habíase apoyado en su brazo como para consolarle en su derrota, mientras reservaba el corazón como premio á su rival triunfante; y al oir sus afectuosas palabras, sonrió con viva alegría y respondió en el tono blando y temeroso del niño que intenta desenojar á su madre después de una diablura: ¿Por qué? ¿por qué? No quisiera que te rieses de mí si te lo digo. -La miró y halló en los ojos de ella ánimos para continuar. -Es u n a nimiedad, una niñería, una sandez... pero la vi. sta de los árboles y del cielo en estas noches de luna ejerce sobre mi un influjo indecible... ¿Te acuerdas, prima, de nuestra hermosa Valencia? ¿Te acuerdas de mi huertoí ¿De mi madre? -La voz de Jaime se humedeció y se quebró de pronto. ¿De tu madre, de aquella santa del cielo? ¡Que si me acuerdo me preguntas, y la quería yo tanto como tú! Jaime clavó los ojos en su prima, pero no habló; acaso temía que su voz no estuviese segura. ¡Ay, si mi pobre tía, tan cristiana, tan piadosa, viviera y viese... -dijo María; pero al ver la cara de Jaime no se atrevió á seguir, y entre los dos se interpuso un silencio difícil de soportar y más difícil de romper. Jaime sentía que se había enajenado para siempre el amor de su prima; que después de cuanto dijo en la mesa, ya no había rehabilitación posible para él; la condesa estaba alterada y pálida en extremo, y parecía que entre él y ella se iba agrandando por momentos un abismo insondable y extendiéndose un océano sin orillas. Pero á veces, cuando uno y otro se miraban desconsolados, diríase qué María adivinaba el mal de Jaime; diríase que viéndole ciego y sintiéndose luz, deseaba penetrar en él é iluminarle; creeríase que viéndole sediento, deseaba acercarse á él y llevarle en el hueco de su mano el agfua salvadora con que refrescar sus labios desecados por la sed de lo infinito. De pronto, reanudan-