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ha otra vida discusión avanV Azaba y se encrude- cía por momentos. Loque empezó en escaramuza tomaba proporciones de batalla, y en verdad que desde el principio, desde que el fogoso Iendalba enristró su quijotesco lanzón de defensor del ideal contra las bien t e m p l a d a s armas dialécticas deJ escéptico y sutilísimoAlcira, los b l a n c o s manteles de la aristocrática mesa de la condesita María convirtiéronse en tela d e justa, ó más bien de torneo, y los dos combatientes tomaron á nuestros ojos aspecto de paladines que, partido el sol, disputábanse, brazo á brazo, la dama de sus pensamientos. y así era la verdad; porque mudado el lugar y las armas, aquella era una verdadera lucha cuerpo á cuerpo, un torneo, casi unj yi. cío de Dios entre uno y otro caballero enamorado. Bajo las blancas pedieras en que rielaba la eléctrica luz, sentíanse pulsar los corazones contrarios, y en el jadeo de la respiración anhelosa percibíase el resuello de fiera de la soberbia, los celos y el amor, mal contenidos ya por los lazos de seda de los humanos respetos. Combatían con armas de justa, pero los dorados estoques del simulacro culebreaban hambrientos buscando el corazón del enemigo. Todos lo sentíamos así. Fuera de las dos alteradas voces varoniles, no se oía otro rumor que el do la loza, plata y ci istalería del servicio trasegado mecánicamente por los criados, y el inquieto alentar de los comensales. La pobre condesa estaba pálida, y Alcira, el paladín de la negación, temblaba al impulso de una afirmación soberana, el amor. La situación del brillantísimo orador republicano era anómala, crítica. Tenía público; allí estaba cierto famoso exmini. stro liberal, un periodista batallador, nuestro más celebrado novelista, un crítico ilustre, y su orgullo de tribuno, su vanidad masculina, su ambición de enamorado, el odio á su rival y el aguijón de los celos revolvían con tumulto las aguas siempre fluentes de su elocuencia incontrastable. Pero aquellos ríos de caudalosa inspiración que se desataban de sus labios parecían amargarle el paladar y envenenarle la sangre. Sabía que aquellas aceradas puntas de la negación se volvían contra sí mismo é iban á hincarse donde á él más le dolía, en el corazón de la mujer amada, que sangraba lacerado allí á su vista. Sabíalo y no podía callar; todo su ser se precipitaba á sus labios en aquel vértigo de orgullo y de celos en que su triunfo era su derrota. Presentía con vaga lucidez que, sin aquellas ideas suyas, acaso María le hubiese amado; aventurábase á creer tímidamente. que quizás le amaba á pesar de ellas, y por eso al esgrimirlas con desesperado arresto viril en su presencia, sentíasele herirse con sus pi opias armas, y al paso que se crecía en la lucha, veíasele padecer al par de muerte. Mendalba, en cambio, el mantenedor del ideal, estaba en su terreno; sus claros ojos celestes relampagueaban de gozo como si vieran tenderse hacia su frente la blanca mano de la condesa, pronta á ceñirle el lauro de oro destinado al vencedor. líl éxito, la gloria y el amor parecían correr en calientes oleadas por sus azules venas de sanguíneo, y su ancho tórax de gladiador se alzaba soberbio como si respirase á plenos pulmones la victoria. Porque lo singular de aquel caso era cjue el duque de Mendalba, el paladín de la fe, tenía la apretada musculatura de un luchador circense, y fisiológicamente, si esto puede decirse, era clásico, gentílico, estaba hecho para gozar en toda su plenitud la vida; y, en cambio, Jaime de Alcira, el apóstol del escepticismo, el apologista de la materia autogenésica, como él decía, era pálido, nervioso, calenturiento, neurasténico; tenía, en fin, la fisiología delicada, ardorosa y espiritualista de uno de aquellos cristianos caballeros nuestros cuj- as almas acertó á retratar el asombroso Greco. De su ascético perfil aquilino, de sus delgados labios levemente descoloridos, de su tierno mirar que parecía caldeado al fuego de un alma para todos amorosa, creíase ver manar la fe, el entusiasmo, la efusión cristiana, y sorprendía dolorosamente hallar que aquella faz contemplativa sólo reflejase la desesperada negación, el acerbo sarcasmo, la desoladora nada. Y sin embargo, aquel hombre estaba enamorado. Y mientras sus labios negaban en crudo y blasfemaban en frío, en su corazón parecía