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Con efecto, aquellos caritativos indíg- eiias que á tiempo pudieron avisar á D. Sisebuto del riesgo q u e corría, y que no obstante asistieron impasibles al sacrificio, le demostraron con la elocuencia de los números lo que habían tan rotundamente afirmado: que la pérdida era cierta y enorme. Los jornales de los canteros, el acarreo de la piedra, labrar la misma, etc. etc. sumaba taut o... D. Sisebuto vio con siniestra claridad cuanto le decían y estuvo á punto de desmayarse. Citando le hubieron clavado el dardo, desaparecieron aquellos importunos transeúntes, satisfechosde su misión. ¡Bruto de raí! -decía D. Sisebuto. -Me debí escamar al verme solo en la subasta. -Mas en seguidapensó: ¿Y de qué me hubiera servido escamarme, si había presentado el pliego? Lo c ue debí hacer fué venir antes, buscar noticias, buscar anfeced éntes, orientarme, en fin, antes de entregar á ciegasuna fianza tan respetable. ¡Dios mío! ¿Qué va á ser de mí? D. Sisebuto no comió en dos dí js ni durmió en dos noches. Si abandonaba el negocio, perclía la fianza; y si lo emprendía, perdía mucho más. ¿Qué hacer? trabajar- -se dijo por fin. -Siempre habrá tiempo de dejarlo. Realmente, ese era el partido más racional. El era un luchador infatigable y le parecía depresivo de su dignidad suctimbir en acjuella ocasión sin haber luchado, tentando todos los medios, apurando todos los recursos. Lo primero- que se le ocurrió, en medio de svi desesperación, fué una puerilidad infantil. Acudir á la. Corporación oficial, que á sabiendas había dado forma á tan desastroso negocio, en demanda de una i eforma en el pliego de condiciones. Le oyeron con desdeñosa compa. sión mezclada de extrañeza, se burlaron de él donosamente, y acabaron por decirle como nota final de la entrevista: Eso, haberlo visto antes. Y como D. Sisebuto había pecado de imprevisor, comprendió la lógica de observación tan juiciosa y hubo de resignarse con su suerte, ciue por esta vez le pareció malísima Cuatro ó cinco días de. spués de aquél en que se verificó la subasta, dispuso nuestro hombre que comenzaran las obras del canal y de los depósitos, puesto que no había otro remedio; ñero con la s e- menté perdido. Trazado el primero y más grande de los depósitos, se ¿Tu pnn cípio á la excavación, y... ¿qué dirán JOS lectores que se encontró á poco más de medio metro de profundidad? ¡Roca! ¡roca vival ¡Si nopodía fallar! Pensar que se hubiera eclipsado la estrella de D. Sisebuto, era pensar un desatino. En el trazado de los otros depósitos ocurrió lo que en el primerx) dieron con la piedra casi á flor de tierra: y como aquel terreno era ya suyo, según una de las cláusulas del contrato, suya era también la piedra que allí había. Resultado: que D. Sisebuto encontró allí mismo cuanta piedra necesitaba y mucha más, que vendióá biien precio, y que, lo que para otro hubiera sido una ruma, fué para él un negocio magnífico. Porque otroj seguramente, no encuentra allí la piedra, ffien porque le hubieran marcado los depósitos en otro sitio, ó por otra razón cualquiera; pero no la encuentra. En lugar de perder sesenta ú ochenta mil duros, como le habían demostrado con números, ganómucho más y tuvo ocasión de vengarse, burlándose de los que tan mal rato le habían dado el día de: a subasta. Nació de pie y de pie sigue. Y que le entren moscas á D. Sisebuto. FRANCISCO F L O R E S (i- ARCIA D I B U J O S D E E. ESTEYA. V