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NACER DE PÍE SE dicho vulgar tiene e x a c t a comprobación en la vida, como aquel otro de: Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Lo del sino de las criaturas tampoco es una palabra vana, y el fatalismo árabe, no por ser una teoría cómoda d e j a de encerrar u n a v e r d a d desconsoladora... Lo que ha de ser, escrito está y vanos serán los esfuerzos del h o m b r e para oponcrsf á SU destino. Que hay hombres de una suerte loca á los cuales todo les sale bien, y otros de tan mala sombra que los negocios más claros y sencillos se estropean en sus manos. es innegable y lo estamos viendo todos los días. El éxito satisfactorio no siempre significa talento; la suerte, el sino de la criatura, lo determina en la ma f- yoría de los casos, sin que la inteligencia intervenga pT. ra nada en el riiodo de conseguirlo: es acertar con el premio gordo de la lotería. Algunas veces es insolente é insultante la suerte de algunas personas El hecho cjue me sugiere estas reflexiones, y que voy a referir aquí, parece cuento. Kada más cierto, sin embargo, tengo 3 o iin amigo, vamos al decir (porque eso de la amistad es más convencional que el teatro fantástico) para el cual parece inventada la frasecilla Nacer de pie... De pie h a nacido, sin duda, el tal D. Sisebuto. En ley de verdad, este hombre ayuda á su buena suerte con una actividad febril y cierto despejo na. tural no exento de suspicacia y de malicia; pero ¡caranrba! que hay muchos tan activos é inteligentes como. él, y acaso más, que jamás consiguen clavar la rueda de fortuna, y algunos que, si van al mar por agua salada, las movibles ondas se tornan dulces de repente, -valga la exageración. Pero vengamos al hecho que motiva estas líneas. Un día (hace ya muchos años) leyó D. Sisebuto la noticia de que en tal población (una capital de provincia) se sacaba á pública subasta, con tales y cuáles condiciones, llevar el agua desde el pueblo de N. á la citada ciudad. Sin encomendarse á Dios ni al diablo, nuestro hombre tomó el tren y se plantó en la ciudad aludida, presentando un pliego con la fianza estipulada y haciendo sus propo. siciones. D. Sisebuto estaba inquieto por la competencia que pudieran hacerle en un negocio que consideraba bueno, y claro sobre todo. Llegó el día de la subasta, y cuál no fué el regocijo de D. Sisebuto al ver que nadie le hacía la competencia y que sólo se había presentado un pliego: el suyo. Dicho se está que se le adjudicó tranquilamente la contrata de llevar el agua desde el pueblo de N á la ciudad de Tal, en tales y cuáles condiciones. Cuando D. Sisebuto se retiraba á su alojamiento, vencedor 3 satisfecho, le salieron al paso algunos hijos de la población, con los cuales entabló el diálogo siguiente: Uno. -Usted dispense, señor, pero quisiera hacerle una pregunta. D. Sisehtcto. -Tendré mucho gtisto en satisfacer su curiosidad. Uno. ¿No le choca que no se haya presentado nadie más que usted á esta subasta? D. Siseljuto. -No, señor, no m e choca. En España somos muj apáticos, y la mayoría de las personas ricas prefiere cobrar la renta del capital sin exponerse á los azares del negocio. Otro. -Aquí es otro el motivo. La contrata es ruinosa, y por eso no se h a presentado nadie á disputarle á usted ese negocio en el cual se han de perder infaliblemente de sesenta á ochenta m. il duros. D. Sisebuto. (Con los pelos de ptmta. ¿Qué me dice usted? ¿Cómo puede ser eso? Uim. -Es muy sencillo. Lo más cerca que están las canteras de donde tiene usted que traer la piedra que necesita, es á cuatro leguas de aquí. D. Sisebuto. ¡Cómo! ¿á cuatro legrias? Yo creí que aquí mismo... Otro. -Ese ha sido su error. Uno. -Q. orí números se le demuestra ahora mi. smo. matemáticamente, lo malo, lo rematadamente- ni alo del negocio.