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últimos corriendo á campo t r a é s para admirar más de cerca el aplastado monstruo de vivos colores q u e vomitaba humo y polvo, se ponían en movimiento y llegaban hasta la cuneta para decir ¡adiós! á los viajeros y regalarles con una rociada de piropos. Ladraban los perros desaforadamente como en son de protesta contra ac uéllo qiie les asustaba. Y toda la fauna grande y chica de las granjas huía despavorida poco después. -Yo no sé cómo tienen valor pa montar en eso, -decía una mujer á su vecina. -Eso es peor que el tren, -contestaba la indicada: ¡Miá cómo se tambalea y cómo brinca! -gritaba, un chicuelo señalando en dirección del 3 a lejano coche. Las voces, las risas y las exclamaciones de unos hicieron salir á todos, y en un momento apareció allí la mar de gente. Un hombre que estaba subido en la techumbre de la casa arreglando los desperfectos de la cubierta, y que no perdía de vista al automóvil, se irguió de pronto, y sirviéndose de ambas manos como de portavoz, gritó: ¡Cuidado con el regato! ¡eh! La advertencia hubiera sido útil momentos antes, pero hecha entonces no sirvió más que para concentrar la atención y las miradas de todos en lo que allí sucedía. Algunos, los menos, echaron á correr con la mayor velocidad que les permitían sus piernas. En el arroyo que desbordado cruzaba ca. si la carretera, en la cual había formado un gran charco de lodo, yacía caído el automóvil, con sus nervios y arterias al sol, haciendo girar locamente sus rueda; como en. dese. sperado pataleo de bestia herida de muerte, lanzando fatigosos estertores y chorros da humo que revolvían y encenagaban más aún el agua del arroyo. Un poco más allá, mudos, aterrados por la impresión que les prodxijera el accidente, habían caído los infelices viajeros. Cubiertos de barro, con las manos y el rostro ennegrecidos y llenos de salpicaduras sangrientas, muy juntos Tino contra otro en abrazo supremo, sintiendo que su vida se escapaba. El chauffeur, tundido á golpes, roto y maltrecho, procuraba en vano apagar aquel infierno de humo, aquella tempestad de rugidos y estertores que amenazaban con terminar la obra comenzada; pero el monstruo que poco antes le obedeciera con tanta humildad, se resistía ahora. Ninguno de los campesinos qvie formaban corro á distancia respetable se acercaba; el miedo á lo desconocido les impedía ir en auxilio de los viajeros. Todo lo que acudía á la imaginación de aquellas gentes era lo que se traducía en estas palabras: ¡Ya lo decía yo! ¡Si no sé cómo hay quien suba en eso! ¡Míalos! ¡pobrecillos! Y los pobres recién casados pensaban con tristeza infinita en los albores de su luna de miel, interrumpida de modo tan brutal. La fatalidad había trocado el color de rosa de su dicha en matices sangrientos, como envidiosa de dos seres tan felices. Dir. ujOtí ijií ALiti. r. ii ROBERTO DE PALACIO