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buna de miel -i ABÍAN realizado su ideal más lier moso, cumplido su más ferviente deseo; la ilusión de su vida, ilusión tan anhelada como pronto convertida n realidad. Ya se consideraban dichosos; todo era de color de rosa ante su vista. Ya podían v o l a r j u n t o s ¡siempre juntos! Caracteres, naturalezas, inclinaciones, todo parecía hechopara hermanarse, para fundirse en aquellos dos seres felices. Todo reía y se alborozaba en torno suyo. ¿Qué más podían apetecer? Celebrado el almuerzo íntimo subsiguiente á la ceremonia, repartidas entre los comensaJeslas simbólicas flores, y tras de mil parabienes manifiestos deseos de dicha eterna, de íelicídad inefable, l o s recién casados partieron en aquel esbelto automóvil rojo y blanco q u e les regaló el opulento progenitor del esposo. El coche, l e n t o al íirrancar para poder decir adiós á los que iban á despedirlos, aceleró la marcha dirigido por el h á b i l chauffeur. ¡Qué e x t r a v a g a n t e encontraba la madre de l a recién casada aquel -iaje! ¿Cuándo se había visto ir á pasar la luna de miel corriendo kilómetros y más kilómetros con rapidez vertiginosa, arrostrando los indudables peligros de ese deporte nuevo, sufriendo las inconfesadas molestias del viento, del polvo 3- de la velocidad? Ella no podía resignarse con esas imposiciones de la moda que obligan á disfrazarse y á cubrirse cara y cabeza. ¿Cuánto más cómodo habría sido arrellanarse en un eleeping- car, medio confortable y exento de peligros, de disfrutar del viaje y trasladarse así á donde hubiesen deseado? El autom. óvil podría haberlos servido, á lo sumo, para dar un paseo en el lugar elegido como residencia, ó para ver cómo otros y no ellos corrían el azar de descrismarse por placer, ya que no en lucha por alcanzar un premio. El padrino y el esposo de la que así discurría, trataban de convencerla de lo extraño de sus ideas; pero en vano. Y cuanto más se alejaba el achatado vehículo, más pensativa y sombría se iba quedando la buena, señora. Por fin desapareció el coche en la vuelta del camino. Todos los invitados volvieron á la capital. Iva enamorada pareja disfrutaba á su placer de las bellezas del campo, que iba surgiendo á su vi ta, -como por arte de encanto. Ni el más ligero rumor interrumpía el jadeante y rápido tof tof iíé motor, Una nubécula azulada se escapaba por debajo, azotando el camino y elevándose, para desaparecer en. seguida arrastrada por el mismo viento producido por el automóvil. Cuando pasaba por un bache ó tropezaba en alguna piedra, las ruedas hacían rebotar el coche y saí tar en sus asientos á los embelesados amantes. Entonces el chauffeur se volvía un momento y acortaba la marcha, pero a u n a indicación de los señoritos imprimía otra vez al coche la desenfrenada carrera, de un proyectil. Allí no había cuidado; la carretera aparecía en toda su rectitud, abriéndose paso entre campos de cultivo, huertas de chepudos arbustos frutales y casitas blancas que asomaban entre el verdor del suelo y de las frondas, ¡Qué viaje tan encantador! ¡Cuántos atractivos encerraba para los recién casados! Al pasar cerca de las viviendas de los huertanos, resonaba la potente sirena del automóvil. Hombres, mujeres y chicos, los unos interrumpiendo su faena, las otras asomando á la puerta, y lo