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Volvió Sabel á callar unos instantes. Luchaba con la impresión vaga y siniestra de las palabras desu marido. Su instinto de hembra sagaz la decía también que Juan, indeciso, no esperaba sino el consejo, la excitación de la dona. Fijó los ojos en el arca, en cuyo pico guardaba sus ahorros, y creyó versalir los duros, tan bien ganadoscon el sudor del montero, en fila, para mercar el pan diario. Su hombre estaba hecho á la buena comida, al traguito, que arrancar piedra no es como ensartar abalorio... ¡Y ahora! ¡Con los brazos quietos, con la cantera comprada, con las piezas encargadas, que sabe Dios si ios maestros se cansarían y las encargarían á otra parte! ¡Gastar todo el peto; quizás tener que pedirprestado al usurero... Sabel puso delante de Juan la j a r r a de loza colmada de vino. El vino da ánimos... ¿De modimanera que salen con la suya? ¿No arrancas? -porfió así que Juan bebió. -Si arranco ó no arranco, eso se verá- -respondió él con arrogancia jactanciosa. -A mí nadie m e manda por malas, ¿lo oyes? Y á dormir, que mañana cumple madrugar. -Si al fin no vas al monte... -insinuó ella como el que deja caer las palabras. N o h u b o respuesta. Cubrió Sabel el fuego, y media- hora después apagaba la candileja de petróleo. Al principio durmió con inquieto sueño, no libre de pesadillas; pero hacia el amanecer la salteó el letargo profundo que preparan la buena digestión y el cansancio normal de la labor diaria. Despertócon un rayo de sol matutino y un revuelo de moscas sobre la cara; las maderas, desunidas, dejaban pasar luz y aire. Al sentirse sola en la cama, saltó precipitadamente al suelo, despavorida. ¡Juan, Juan! -gritó lanzándose por la escalera, que retemblaba bajo sus pisadas de buena moza. La cocina estaba. desierta; la puerta de la casa, entornada había quedado; de la esquina faltaban lasherramientas. No cabía duda: el montero iba camino del monte... Sabel, asomándose á la puerta, tembló; una ráfaga fresca, fría más bien, procedente del mar, que nopara de abanicar á la tierra mariñana, fué acaso la causa de su escalofrío: reparó que estaba en camisa y que tenía los pies descalzos, y aprisa se metió dentro. Mientras se vistió, el temblorcillo proseguía, y allá en su interior una voz hueca y pavorosa murmuraba palabras de amenaza, de improperios, d e maldición. Te despabilamos á tu honíbre, ahora mismo... Le abrasamos la cara, le cortamos el pescuezo... Le sacamos afuera las tripas... Toda la brutal palabrería de las riñas aldeanas, las interjecciones y tacos de la guapeza rústica, zumbaban en los oídos de Sabel. El bocado d e p a n del desayunóse le atragantó. Ya no se acordaba de los duros, guardados en el pico del arca, sino sólo de su hombre, de su trabajador, del qae. lo -anaia, con los recios brazos y el hercúleo esfuerzo... ¡Ay, si me lo mancan... ¡Juaniño! P o c o á poco se fué serenando. El día avanzaba, y la claridad del sol es como un conjuro para disipar visiones. Sabel se puso á desgranar e, spigas de maíz. De improviso oyó en la carretera unas corridas como de animal perseguido que huye; empujaron la puerta, y el montero se precipitó, sin ombrero- sin herramienta, cubierto de- polvo, en mangas de camisa manchadas de sangre... -Vienen tras de mí. Escóndeme, mujer... ¿Qué hiciste, mi hombre? -sollozó Sabel. Ay, pobres, deí; di; hados de nosotros! -Me salieron al camino. Que no arrancase... Me llamaron vendido. Me querían apalear. Dejé á uno que ni da á pie ni á pierna. Le partí la cabeza con el pico, asi, j. Ese ya es ánima del Purgatorio! -Más vale que sea él que no tú, -contestó Sabel, abrazándose locamente á su marido, y escuchando y a en la carretera, á lo lejos, el tropel de la gente que perseguía al matador. DIBUJOS DE REGIDOR EMII, I. P A R D O BAZÁN