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ofi. i la necesidad Ojando víó su trabajo terminado, el chiquillo respiró satisfeclio. I, a niña le miraba fijaiu eiite, con sus grandes ojos muy abiertos, y al fin acudió á sus labios una idea sencilla y primitiva. -Todo es mío, -dijo. Y era suyo, sin duda. Aquella florecilla delicada nació de estirpe aristocrática, de un noble tronco ahora desarraigado y viejo, pero en otro tiempo poderoso. Todo era suyo. De la heroica sangre queregó tantas veces los campos de batalla, la sangre azul de la noble familia, no quedaba más que lai niña, y del antiguo esplendor de sus antepasados nada más que los trastos inservibles que ocultan su: vejez en el desván. Era suyo, sí; era su patrimonio. -Pues si es tuyo, ábrelo- -dijo el aventurero. ¡A que no sabes! ¡Cómo había de saber! Ni tenían sus manos fuerzas para intentarlo. En cambio, ManoHllo, el chicO de la portei- a, sabía todos los misterios de aquel maravilloso cuchitril. Sabía apretar el resorte y alzarla tapa del enorme cofre y colocar en su sitio los tirantes de madera para que no se viniera abajo. Y una vez abierto aquel arcón de tesoros, ¡qué olor tan suave percibían sus naricillas, fogosamente dila- tadas como las de un caballo de batalla! Un olor á perfumes apagados por el oreo de los siglos, k. membrillos maduros que alsecarse dejan en las ropas guardadas un vago aroma. campesino. La niña miró gravemente. E. staba el viejo arcón casi vacío; amontonadas al descuido, las cajas y lastelas. No había pasado mucho tiempo desde que manos nerviosas y afanadas revolvieron hasta eli fondo para buscar las prendas de valor, las antiguas prendas... Inclinando el cuerpo y hundiendo el brazo como si le metiera en un pozo, Manolito empezó á sacarcosas. Eran encajes rasgados y amarillentos, pedazos de tela, piezas extrañas de vestidos absurdos cuya, blancura tomó tonos de marfil viejo; cintas de seda, de terciopelo deslucido, de raso; guantes descabalados, guantes de mujer, arrugados y rotos; guardajo 3 as vacíos... todos los restos y todos los desechos que la previsión femenina no se decide á tirar y que convierten el fondo de un ba- úl abandonadoen el escondrijo de la urraca ladrona. Aquellas baratijas son casi siempre letras desprendidas de palabras rotas que sólo una persona podría reconstruir evocando sus recuerdosrY cuando nadie puede ya descifrarlas, cada vez que el sagrado depósito se abre se comete una profanación. -f Xr 17+ I- ir Pero bastante le importaba eso a. aventurero del desván! La niña le miraba con temor, 3 mientras tanto él descubría en el arcón el secreto de un doble fondo; jugó el resorte apai- ecieron unas telas fviejísimas. Tiró de ellas sin duelo y fué desd iblando una gran tira de seda c imesí, agujereada por todas partes, deshilacliado y roto el fleco de oro, llena de manchas de un rojo casi negro como de sangre vertida en tiempo muj lejano. ¡Era sangre, sí! ¡Era la sangre del combate! L a vieja bandera dormía acurrucada en el misterio del arcón. Durante mucho tiempo su secreto había sido respetado, y al recibir de nuevo la luz del sol parecía proclamar la gloria de su vejez. Escondida entre los pliegues de la enseña dormía también una mohosa espada de retorcidos gavilanes. -Todo es mío, -r- repitió la niña sintiendo que llegaban hasta ella recuerdos heredados de historias que no supo jamás. Entonces ManoHllo el aventurero echó sobre sus propios hombros la enseña de combate como u n manto de corte, dejando que colgase hasta el suelo el fleco de oro, empuñó la espada y proclamó su soberanía paseando por el desván la pomposa cola de su vestido egregio. Y hubiera quedado por dueño y señor de aquellos dominios si la matrona de la portería no hubiese asomado escaleras arriba para enseñarle una lección práctica y dolorosa: que todo poder de la tierra es miseria y vanidad. L U I S BELLO DIBU. IOS DE ES- rEVAi