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v M i? A I t Sh bA BA ÜEPxA t) E COMBATE T R A un desván lleno de telarañas, de cajones amontonados hasta las vigas del teclio, de trastos in útiles, de cachivaches vetustos... Entraba la luz del sol por un ventanón enrejado, y al caer sobr los viejos despojos el polvo de oro de sus rayos, parecía una protesta de vida formulada alegremente p o r la Naturaleza ante el olvido de los hombres. Reía el sol sobre los trofeos de la ruina. Entre las sillas cojas, las alfombras desgarradas, los baigueños rotos y descompuestos, los candelabros tomados de orín, las copas abolladas de los altos braseros, lucía una manopla con sus complicadas piezas de acero enmohecido, sus puntiagudos goznes, -SU damasquinado apenas perceptible. Brillaba á la luz del sol como en sus buenos tiempos y era más feliz que el noble caballero para quien fué forjada, porque ni el buen caballero, ni sus pobres huesos- pulverizados podían recibir como ella el tibio beso de la luz. Pero alguien venía á turbar el silencio del desván. Unos pasos rápidos y menudos sonaban desde el pasillo. Chirrió la llave, cedió la puerta, y un chiquillo moreno, gordezuelo, de revuelta cabellera negra, penetró en el desván, trepó sobre un sofá desvencijado y se coló resueltamente dentro de vm gran cajón isin tapa. Desde allí, asomando la cabeza para mirar hacia la puerta, gritó con todo el brío de sus pulmones: ¡Orí... venga! Venía el otro muy despacio, pisando de puntillas, y abrió la puerta lentamente. Era una niña rubia y delicada, de seis á siete años. Tenía la cabellera de oro tendida sobre las espaldas, la frente y las Ulanos blancas como azucenas. Al entrar, la luz del sol la hizo guiñar los ojos y luego quedó largo rato mirando aquel arsenal de cosas arrumbadas. No oía nada, no veía á nadie, y en aquella silenciosa oledad la manopla de hierro alargaba los dedos hacia ella como si la moviera una vida siniestra. ¡Si ya sé que estás aquí! ¡Datel- -dijo con la voz quejumbrosa. -Manolo, estás aquí, ¿verdad? -preguntó luego apelando á su acento más insinuante. El muchacho callaba, acurrucado en el fondo del cajón. La niña empezaba á sollozar, y entonces el chico salió de su escondite, levantando una nube de polvo; los dos reían, y ha. sta los rincones más lóbregos del viejo desván llegaban las locas risotadas infantiles, que tienen la frescura y la alegría del canto de las avecillas en las auroras primaverales. Luego recorrieron sus dominios cogidos de la mano, acariciados por el sol protector, que llegaba hasta ellos amorosarnente como llega desde los altos ventanales de las iglesias hasta la frente aureolada de las santas imágenes. Pero el muchacho tenía su proyecto. ¡Abajo los escaños! ¡Abajo los cortinones de damasco rasgado y deslucido! ¡Abajo las piezas incompletas de cosas que fueron! Era necesario dejar al descubierto un cofre enorme forrado de terciopelo carmesí, con clavos dorados y magníficas guarniciones de hierro enmohe- cído. Faltaba la cubierta de la tapa, y el pobre mueble enseñaba su lomo calvo, despojado por el botín ó