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fo reciente de las armas imperiales. Se han sacado á relucir, por tan fausto suceso, numerosos pendones y banderas, h a habido una hermosa fantasía ó carrera de pólvora... y dentro de poco se repetirá la función por igual motivo ó quizás por el contrario, J u E V O s y bellísimos triunfos h a logrado en estos últimos días nuestro grande a m i g o Santos Dumont con su globo dirigible núm. 9. El ilustre aeronauta anda ya por las calles de París á la altura de los terceros pisos, revoloteando sobre las copas de los árboles con la misma seguridad y gentileza que una mariposa. Sube cuando le da la gana, baja cuando quiere, se para á saludar á un amigo sito en el tejado de cualquier casa, toma tierra donde y como se E L SAWTOS- DÜMONT N Ú M 9 KN LOS BUL EVARFS le antoja. Creemos que no es posible pedir más. Hoy por hoy, el Santos- Dumont es un mecanismo perfecto: tan perfecto como el teléfono. Y aún tenemos esperanzas de que los defectos del dirigible se corrijan mucho antes que los del teléfono. p E R o mientras llega la época feliz en que todo el mundo pueda realizar excursiones y viajes aéreos en nuevos ejemplares del Santos- Diwwnt, aún le queda á la humanidad bastante tiempo de arrastrarse por la dura tierra y de pasar bascas, angustias y sopitipandos en el mar. Por eso, una empresa naviera inglesa, harta de presenciar los tristísimos espectáculos que se desarrollan todos los días en el Canal de la Mancha, acaba de construir un hermoso buque, The Queen, harco- turbina, en el que merced á unos mecanismos cuya explicación resultaría un tanto pesada y quitaría al invento el prestigio de lo maravilloso, resulta que los pasajeros atraviesan el temible y temido Canal sin experimentar el menor síntoma de mareo y concluyen la travesía almorzando con el mayor apetito De todos modos, nosotros estamos por el Santos- Dumont, y a que no se puede atrave- EL BARCO- TURBINA T H E Q U E F N í J S sar el Canal á píe ó á caballo. EANDE ha sido la a l e g r í a de todos los buenos ciudadanos ingleses al ver hace pocos días á Su Majestad Eduardo VII cabalgando brioso corcel con la misma gallardía y ligereza con que lo hacía antes, revistar á los Horse Guarés, llevando á su derecha al príncipe de Gales y á su izquierda al duque de Connaught. El rey resistió perfectamente las fatigas de la cabalgada y el peso de un morrión que parece un discurso del Excelentísimo señor ministro de Hacienda. DON RUPERTO E L R E Y EDUARDO V I I E N L A REVISTA D E LOS fHORSE GUAROS FOTS. CHUSSBAU- FLAVIKNS