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-A n t e s de cumplir mi deber p a r t i e n d o quiero confiarte este depósito santo varón- -declaró al poner las arquillas en manos, del eremita. -j Guárdamelo hasta mi vuelta! Empéñame t u palabra de que lo c o n s e r v a r á s cuidadosamente en un sitio convenido y conocido de mí, á fin de que si murieses antes de mi regreso, pueda yo recu- perarlo. No quiero fiarme de los cortesanos: me serían denleales. En ti está cifrada mi última esperanza, -No guardo yo esos cofres sin saber lo que contienen. Pudieran encerrar algún maleficio, alguna brujería satánica -contestó i eceloso el solitario. D. Dionís abrió el primer cofrecillo, que apareció atestado de monedas de oro, sartas de perlas, joyeles de diamantes: un tesoro. -Será custodiado, y lo encontrarás á tu vuelta intacto, oh príncipe- -declaró el e r m i t a ñ o apresurándose á ocultar el cofrecillo entre los rudos pliegues de su a 3 al. ¿V aquella encina? Al pie de ella, donde cae al punto de mediod la sombra de la rama mayor, enterraré tus riquezas, y con nadie puede sospechar que yo poseo nada, libre estoy de tem á bandidos... Veamos el contenido del segundo cofre. Resistíase el príncipe á abrirlo; al cabo, pálido, temblores cort emoción misteriosa y profunda, hizo jugar una llavecita c en el fondo de la caja apareció una rosa bermeja, fresca y fraga- -Ella misma- -dijo el enamorado, cuyos ojos se humedei cu 3 o corazón saltó en ei pecho con ímpetu mortal, -ella misma, con la divina sangre de sus venas, h a teñido esa rosa, que fué blanca, y me la h dado en señal de inextinguible cariño. Quisiera llevármela conmigo, pero ¿y si la perdiese en el, desorden del combate. ¿Si caigo prisionero y me la quitan y la profanan? Guárdamela tú. No hay ahí, santo varón, más brujería ni más hechizo que el del amor grande y terrible, y te prometo que ni conjuro ni artes mágicas tienen tal fuerza. Si te acometen malhechores, entrega lo que llamas tesoro, las moneda. s, las pedrerías... ¡pero que j- o halle á mi vuelta esa rosa, empapada en la vida suj a! Tres años habían corrido; el eremita alisaba corcho á la puerta de su cueva, mordiendo á ratos un mendrugo de seco pan, cuando escuchó otra vez el tendido galope de un potro, y un caballero de rostro tostado por el sol, de frente atravesada por ancha cicatriz, se detuvo y echó pie á tierra. -Bienvenido, Infante. La paz sea contigo, -exclamó el solitario. -Veo escritas en tu cara tus hazañas contra los perros infieles. Me figuro qne vienes por tu depósito. Ahora mismo lo desenterraré. Ha. crecido sobre él la maleza, y ni imaginar habrán podido los salteadores que ahí se oculta un tesoro... ¡Ah! Ea rosa, la rosa es lo que anhelo recobrar, -contestó D. Dionís. -Cava presto, santo varón, y devuélveme la alegría. H e padecido mucho: el calor del desierto ha requemado mi cerebro, el árido polvo h a abrasado y semicegado mis pupilas, la sed h a secado mis fauces, el hambre h a debilitado mi cabeza, el acero ha rasg- ado mis carnes, la fiebre h a consumido mi cuerpo... pero así que vea la. rosa, todo lo olvidaré, y sólo sentiré gozo de bienaventuranza. ¿No estás gozoso por el deber cumplido? -interrogó el anacoreta. -No, -repuso el Infante. -Soy tan miserable, que eso no me importa; ni aun lo recuerdo. ¡Ea rosa! Dame t u azadón; ¡cavemos! De la tierra removida, lo primero que salió fué el cofre lleno de oro y joyas. Al alzar la tapa brillaron resplandecientes los diamantes, y el oriente de las perlas mostró sus suaves cambiantes de aurora. Impaciente el Infante, rechazó la arquilla, lanzándola contra el tronco del árbol. A dos azadonazosmás, el segundo cofre apareció, y D. Dionís, alzándolo piadosamente, lo abrió con transporte. En el fondo vio algo arrugado y negruzco, que, al darle el aire, se deshizo en ceniza. Y espantados los ojos, amarga con infinita amargura la boca, D. Dionís separó las manos y dejó caer el cofre a t suelo. EMIWA P A R D O DiciMOS D H M ¿XDI: BP. I. NG- BAZAN