Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LA- ROSA EMPO hacía que el Infante D. Dionís tie Porttig- al estaba comprometido á tomar, la roja cruz y emorender ei viajeide Palestina al frente de sus tropas, como los demás caballeros, barones y principes cruzados de Francia, Ale. -j sai íi- íT iLwJmmimMIgUUI W, ¡ÍHJHIMÍJPJM mania, Hungría é Inl V a JH SBBBM ESWHBBHI glaterra; pero no acaX ¡1 iii. inm 4i í iP t H H L a i- i- ül Ir baba de r e s o l v e r s e g? r Sa t i W aí V. í Í 1 B L- N AAiíe No es que fuese don Dionis ningún cobarde- fottÓH; ni ningún Í- mal creyente, ni; que l v S P F ÜM. hubiese punza f c j r P P T B r A k i ¿i í S- do, en su primera j u b H s. iaPw Za I ventud, el a n s i a de gloria; es que el albedrio se le había enrei i í- í HH H fl üí i -t S dado en una cabellera jf J T Bfl HaK. i M j í Í Si oscura, y sin albedrío no. se va á Palestina, ni á ninguna parte. Los p e r t r e c h o s y J? -in municiones de guerra i H 7- StSk. I los tema prontos; los -ÍS 1 f piafaban y a TiP í... l e ÍTPij. vu. f I en las cuadras del alcázar, y todas las mañanas D. Dionis advertí á los capitanes L, s, alir antesjde la puesta del sol. Lá orden definitiva de ponerse en marcha era la que no llegaba nunca. LOÍJ hombres de armas murmuraban en sus corrillos: los veterano. s ifruncían el ceño y mascullaban diclios crudos y frases injuriosas, y las mujeres del pueblo, al ver jiasai al irifante, rebozado en su amplio manto, apresurándose para ¡legar á la cita, se reían diciéndose bajito: -liíjibrujado nos le h á la bellaca. Por fin se determinó el rey en persona á intervenir en el asunto. Llamando á su hermano, reprendió y afeó su conducta, y le dio á escoger entre partir al frente d e la tropa aquella misma tarde, ó ser recluido en la torreimás alta del alcázar. D. Dionis aplazó la respuesta hasta que el sol traspusiese; pero, agobiado de tristeza, hizo sus preparativos y en larga entrevista se despidió de la que así le tenía cautivo voluntario. Después, cabalgando su potro negro, metióse por las fragosidades de la sierra, hasta dar con la ermita donde moraba un anacoreta de avanzadísima edad, á quien los serranos tenían en concepto de santo. Hay horas, hay crisis morales- -y el Infante atravesaba una de ellas- -en que se experimenta la necesidad de escuchar una voz que venga de otras regiones, las m á s distantes posible de la tormentosa en que nos agitamos. Dijérase que la propia conciencia encarna, adquiere visible forma y habla por boca ajena con energía y gravedad. El Infante, en aquel momento, hacía galopar á su potro hacia la cueva del solitario, á través- de matorrales y riscos, ansiando respirar aire puro, ser bendecido, recibir estímulo para la santa empresa de la cruzada; y dejar en fiel depósito algo que le importaba más que la vida... A la puerta de su celda escavada en la roca, el ermitaño, sentado en una piedra, se dedicaba á alisar corcho. Su barba blanca relucía como plata á los destellos del Poniente. El estruendo del galope del caballo le movió á levantar la cabeza. Apeóse el Infante, ató el potro, sudoroso, cubierto de espuma, á un tronco de árbol, y después se arrojó á los pies del solitario. No sabía por dónde empezar la narración de sus cuitas; al fm rompió á hablar, en dolorida y quebrantada voz. El solitario le escuchaba pacientemente, soltando á ratos alguna palabrilla de consuelo. -Hijo mío- -exclamó al fin, con llaneza cariñosa, -verdaderamente no sé remediarte. N o soy u n sabio astrólogo de los que se pasan la noche consultando los astros y el día ahondando los misterios de la cabala y la alquimia; no soy un teólogo profundo; no he aprendido más ciencia que la de vivir en estas soledades rezando y trabajando con mis manos, y los serranos que vienen á consultarme, no adolecen de pasiones profundas y quintaesenciadas como las tuyas, ni fluctúan entre el honor y el amor. Son gentes sencillas, y sus disgustos suelen reducirse á que les falta del rebaño la cabra pelirroja. Poco alivio puedo dar á tu enfermedad, y sólo te digo dos cosas: que siendo tú el primer caballero del reino, tu deber es ir, sin titubear, á donde los caballeros vayan, y... que ninguna pasión vale lo que cuesta. D. Dionis se enjugó con un lienzo la sudorosa frente, arrancó de lo hondo de las entrañas un suspiro, y tomando del arzón del caballo un envoltorio de rico paño de seda blanco bordado de aljófar, lo deslió y sacó dos cofrecillos arábigos de esmalte, de trabajo primoroso.