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-ií cr ífe N -1- ÍVi 5 M Y Eb EMBAP eO (CUENTO VASCO) J o me gusta apostar; primero, porque no está bien, y segundo, porque pierdo siempre; paro lo qiic e s esta vez me atrevo ¡vaya si me atrevo! con el mc is pintado. Y la apuesta es la siguiente: ¿A que nadie acierta qué tuvo que embargar, en cierta ocasión, un honrado comerciante de Bermeo, en pago de una partida fallida que le llegaba al alma? H a y opción á citar durante media hora las cosas más estrambóticas, aun con la ayuda del Diccionario. ¡Ea! ¿Hay quien acepte? ¿No? Hacen ustedes muy bien, porque perderían irremisiblemente, pues entre el sinnúmero de cosas embargables, y aunque yo añadiera la seña, gravísima si no mortal, de que lo embargado fué un semoviente, imposible imaginar que en una villa costanera se le ocurriese á ningún nacido decomisar... ¡vamos, que tiene muchísima gracia... ¡decomisar un oso... Y la cosa no puede ser más sencilla y natural. Llegó á la villa un húngaro exhibidor del oso más desteñido y famélico que imaginar se puede. Al bohemio, bronceado verdoso, rendido por la interminable caminata, le debió parecer queel mundo acababa allí, en aquel saliente con que en el mar avanza el Macliichaco, cabo que de ser invitado á ello, hubiera bautizado con el propio nombre de Finisterre. El disgusto de ver un punto final en su carrera, tuvo compensación agradable. ¿Dónde como allí le saldría al paso, recibiéndole con aclanjaciones de júbilo, un ejército de chic uillos? En parte alguna podría encontrar parroquia tan numerosa y animada. Por desgracia, la magnitud de las colectas no estaba ni remotamente en proporción con el número de pilluelós, quienes después de presenciar con interés caluroso las habilidades del plantígrado, se limitaban, en prenda de entusiasmo, á imitar admirablemente á oso y amo, remedando por parejas el ¡baile gli urso... ¡ande la Mariana, de éste y los gruñidos y bailotees de aquél. Pero repentinamente calmados á la vústa de una sórdida pandereta que les ponía debajo de las narices el exhibidor, no se les pasaba por el magín la idea de echar en ella una perra, por varias razones. Ea primera, porque no la tenían, razón tan principal y de tal peso, que huelgan ciertamente todas las deni. s. Eimitábanse los lobeznos de mar á tomar un airecillo de dignidad ofendida, mirando después al importuno pedigüeño con ojos que decían bien claro: ¿Pcigar? ¡Sí, mucho... La calle de todos es... Cuando idéntica escena se repitió por quinta vez en la se. ta función callejera, el pobre húngaro, caviloso y preocupado, vio que no le salía la cuenta; seis ovaciones y cinco perras chicas para fruto de una tarde de trabajo, eran bastantes ovaciones, pero pocas perras. ECabía afición en el público, esto era indudable; pero aquel pueblo, como otros qtie yo sé, premiaba con vanos honores á sus héroes, que se morían de hambre en un hartazgo de gloria. En el insomnio de aquella noche, el pobre diablo renegaba de su condición trashui; iante y callejera. Y como alma templada en la adversidad, en vez de desalentarse, se creció al castigo, ¿Por qué no lo pagaban? Porque podían divertirse gratis ci amoi- e, cosa á la verdad muy agradable. ¿Qué defensa cabía contra tal sistema? Alzar paredes, siquiera fuesen de fi- ágiles tablas, como dique á la curiosidad de los que querían divertirse y gastar poco. Una vez hecho el tinglado y él á la puerta, listo tendría que ser el que disfrutara de bóbilis. Ciertas dificultades ofrecía la falta de dinero con q u t pagar las tablas necesarias; pero ¿para qué se ha inventado el crédito? Lo buscó y lo halló en seguida en un honrado comerciante que tenía una parlidita de maderas viejas procedentes de un derribo, y á quien no le pesó aquella ocasión de colocarlas. ¡Manos á la obra! En dos boleos levantó el industrioso ganapán una cosa que en otra parte, ¡rubiera parecido una caseta de consumos, pero que allí, donde no hay fi utatan desabrida, pareció edificación í: astante para el caso.