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rv. El viejo sonríe nuevamente. -Dime tu cuita. La Primavera. -Venid, enamoradas. E. stas, ouen padre, son las más lindas floi- es de mi huerto. Nacieron conmigo. Respiraron perfumes y bebieron roció, y he aquí que al abrirse sus ojos hallaron al amor y fueron suyas: y el amor las coronó de rosas. -Rosas que han ae morir. (La voz del viejo, silbante y temblona, suena como hachazo del leñador que v a cortando ramas. ¡Que han de morir cuando llegue mi hora! Las enamoradas prorrumpen en desolado llanto. La Primavera. -No lloréis. Siempre fuisteis mi amigo. ¿No queréis oirme? (Se acerca lentamente y le abraza. ¡iVh, padre Otoño, padre Otoño! Si yo no fuese maestra de risas para el mimdo, mal podría el mundo llorar vuestros rigores; porque habéis de saber que alma que nunca se h a reído, nunca llorará. Si no hubiesen visto alguna vez el cielo azul, las almas creerían que la dicha es gris, y llamarían liiz á vuestras; sombras, v vos, que gozáis ese ser temido, seríais amado. El ceño del viejo se desarruga condescendiente. -Sabes que una vez en tu reino y junto á ti n o tengo á gran desdicha el ser amado. ¡Si tú me amases... -Soy loca y vos austero: amándonos, viviremos infelices; pero gusto de que habléis de esa suerte. Todo pensamiento de amor es un paso hacia la bondad. Quiero recompensaros vuestro buen impulso. ¡Recompensarme! -Dándoos ocasión de hacer un bien. Favoreced á mis protegidas, pensad un medio de inmoría, lizar las rosas de sus frentes. ¿Un medio? (El Otoño medita. Uno hay. La reina palmotea: las enamoradas lanzan gritos de júbilo. El mirar del viejo se torna enigmático. Acércase á las doncellas, que tiemblan de frío. Barbotea al hablar y mueve acompasadamente su barba gris. Palpa con sus dedos marchitos las frentes coronadas de rosas. -Dícenme que daríais la vida por conservar vuestras coronas... Las enamoradas. -Que son el símbolo de nuestro amor. -Tú, Primavera: quieres atender á su ruego. Sea. Compartes conmigo el imperio de los tiempos: tuya y mía es la tierra, mitad por mitad: del lado allá del mundo soy soberano, cuando del lado acá eres reina. Lleva en tu cortejo á estas tu. y. predilectas, y serán perdurables las rosas de sus frentes, pasando de una primavera á otra primavera. Las enamoradas, con alarido lamentoso: -De un amor á otro amor... ¡Queremos ser fieles á nuestros amados! El Otoño. ¡Qué importa el amado si el Amor permanece! Así conservaréis vuestras coroiras, y vuestra juventud será eterna. Las enamoradas desciñen de sus frentes las rosas; besan los frescos pétalos, los verdes cálices, los tallos trémulos... Después arrojan la perfumada ofrenda en las gradas deV trono, y se retiran callando. El Otoño. ¿Huj en tus amigas? La Primavera. ¿Por qué me abandonáis? IJXS eitamoradas. -Queremos ser fieles, queremos ser fieles. La Primavera baña en lágrimas las rosas que ofrendaron las desoladas. El Oíoño, riendo con risa de triunfo: -Ser fieles... ¡Necias! G. MARTÍNEZ SIERRA DIBUJOS BE M. N EZ Hr. lNG. V