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ganábamos mucho dinero. Tú me enseñaste á recitar bien los versos. Casi llegué á recitarlos mejor que Zoé. Ella al menos así lo declaraba, mostrándose, por su extremado cariño hacia mí, complacida y no celosa. En Alejandría había llegado yo, según asegurabas tú, á la perfección del arte de la comedíanta, y ya hice contigo ó representé escenas, casi siempre amorosas, en que ambos fuimos muy aplaudidos. A decir verdad, toda esta educación artística y poética me había revelado no poco y había hecho surgir del fondo de mi alma alambicados sentimientos que el vulgo desconoce; pero tú seguías mirándome como obra tuya y de tu hermana, y no como mujer capaz de in. spirar amor y que te lo inspirase; y sobre lo que era verdadero amor, seguía yo á ciegas. Mi amistad estrechísima con tu hermana, apenas podía darme de esto un vago, confuso y remotísimo presentimiento como pudiera la luz de la luna ó el resplandor de una estrella hacer concebir á quien nunca le hubiese visto el refulgente brillo del sol del medio día. Y los impuros recuerdos. de mi descuidada y viciosa niñez, comparados con el radiante fulgor del amor verdadero, eran como la luz de una tea, obscurecida por el humo, si se compara á los rayos vencedores del sol, que disipan las nubes y doran y sereng. n la amplitud azulada del aire y dan transparente claridad al éter: Cuando tú por vez priiriera me dejaste conocer que me amabas, mi primer sentimiento fué muy hondo y hasta entonces desconocido. Sentí que yo también quería y debía amarte, pero que algo me faltaba. Quería ser toda tuya, verter sobre ti mi alma como esencia olorosa guardada cuidadosamente en un pomo sellado áfin de que el aroma exquisito y volátil no se disipe. Nadie había hasta entonces abierto el pomo, ni vertido una sola gota del elixir precioso, pero yo recelaba que algo de su aroma, por falta de cuidado, había ido disipándose, y que ya no podía yo dártele á ti en toda su fuerza y reconcentrada virtud. Esto me afligía 3 me desconsolaba, y entonces, casi antes del amor, despertó en mí el pudor, aletargado ó hasta aquel punto dormido. Contradicción pasmosa; la admiración, el culto de mi propia hermosura corporal, de que yo me envanecía y en que yo me deleitaba, me hacían considerar que algo iba yo á perder al entregarme á ti, y á par que me dolía este sacrificio, por lo mismo que le consideraba costoso y grande, me complacía en poder hacértele, como la mayor prueba de amor que podía darte, como algo con que rescataba 5 o mi falta y compensaba ó suplía la mengua de lo pasado en mi descuidada edad primera. Hacía ya tiempo que me mostraba yo huraña y esquiva con los hombres de cierta importancia y con los personajes que venían á vernos y que me requebraban y pretendían. Algunos tal vez nos llevaban á los tres á sii casa, á tu hermana, á ti y á mí, á fin de que representásemos, cantásemos, y bailásemos, alegrando los banquetes que daban. Ciertamente no era mi castidad ni ninguna otra virtud la que de todos mis pretendientes hasta entonces me había defendido, ho que me había defendido era la admiración de mi propia belleza 5 el temor de deslustrarla. Consideraba yo, en mi orgullo, tan portentoso aquel tesoro, que no había riqueza en el mundo que le pudiera pagar. Sólo podía pagarle otro tesoro inrneaso de amor que naciese en el alma de un ser á quien juzgase yo digno de mí. JUAN BA. lORRGLIEvr. S DE COUU. AL T V- iLERA VAI ERA