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na, tendido ei brazo, parecíale q Te toda la llanura trepidaba, y su cuerpecillo flaco se estremecía! también, palpitante de ansiedad, trémulo de emoción, con el alma, con la vida entera en los ojos para ver un segundo el paso veloz de aquella máquina hermosa, regida por aquel mozallón grande, rubio, recio. El 102 pasaba cortando el aire, y el revuelo le daba á Eufrasia en el rostro como una caricia. Después quedábase un momento inmóvil, en medio de la llanura solitaria, respirando los aromas que el paso del convoy levantaba de los prados. El expreso ascendente pasaba á media noche; así, que Eufrasia no podía ver al maquinista, pero lepresentía sobre la plataforma, en la fugacidad de la marcha, á la luz roja del horno. Las noches en q u e pasaba, no se dormía la guardesa; envuelta en el serenero, esperábale impasible al frío, á la lluvia y al cierzo. En las noches estivales sobre todo, era más intenso el goce de adivinarle en la rojez de la lumbrada que el de verle á clara luz diurna. Y después, quedaba el deleite de seguir con la vista la linterna. del furgón de cola, una luz verde que se desvanecía alejándose, hundiéndose en la obscuridad. La naturaleza entera, amedrentada por el estruendo del convoy, quedábase silenciosa, y poco á poco resurgían los rumores de la noche, el cuarreo de las ranas, el canto de los grillos. Una noche, Eufrasia, sentada sobre los carriles esperando el expreso ascendente, miraba la bóveda. del cielo llena de estrellas que la entretenían con su parpadeo. Ea calma estival era beleño suave quela envolvía en su quietud. Ea guardesa, vigilante, con el oído alerta, con el pecho latiendo de zozobra, esperaba el expreso ascendente. A su lado, en tierra, tenía el farolillo; su resplandor en el suelo, parecía, el reflejo de una estrella. El silencio de la llanura inspirábale- á Eufrasia vagos deseos de entonar u n a canción; pero el canto no salía de labios afuera. De cuando en cuando, tendida sobre el carril, con el rostro pegado al hierro, espiaba los rumores lejanos; de cuando en cuando, incorporándose, en acecho, registraba la vía á lo largo. El expreso ascendente no parecía. En aquella espera ansiosa debieron transcurrir horas de la noche. Palideció la luz de la linterna, palidecieron las estrellas, el horizonte se rayó con línea luminosa. Levantóse Eufrasia, y erguida en mitad de los carriles volvió á otear el camino, acechadora. El expreso ascendente no parecía. Una claridad macilenta rasaba la llanura; dos pájaros pasaron rozándola con su vuelo rastrero. Los vio la zagala y los siguió con la vista hasta que se perdieron en el resplandor del; alba. Después el obrero salió á la puerta de la casuca y llamó á Eufrasia, pidiéndole la comida. Eufrasia registró por última vez la línea; los carriles, rayando las praderas, negreaban más con la luz pálida. ¿Qué tren aguardas? -preguntó el padre. -El expreso faltó esta noche, -respondió la hija. A media mañana comenzaron á circular los descendentes. A la tarde, oyó Eufrasia acercarse un ascendente. Era un desconcierto en el cuadro de marcha; no pudo adivinar qué tren era aquél; sólo supoque no era el expreso. También ella sentía en todo su ser gran desconcierto. Ya anochecía cuando llegó su padre y le dio la noticia: el expreso se había estrellado en el kilómetro 76; hubo muertos, hubo heridos. Eufrasia sintió impulso de correr vía abajo, marchar de kilómetro en kilómetro hasta el 76, pero noera posible dejar el puesto, abandonar el paso á nivel d é l a Riosa, y menos en día de tan gran desconcierto en la marcha de trenes. Késignóse á esperar al 102 del lunes. Oyó lejos su silbido, oj ó el retumbo de la llanura, ovó zumbar el aire, vibrar los carriles; estiró eí í 3 íJSg f í- í -y ú. T- brazo levantóse sobre las puntas de los pies, hincó los ojos en la locomotora, y el 102 pasó bramando, br; Eufrasiia le vio pasar, le vio alejarse, y sola en medio de la llanura, tendióse en la vía y mojó con susi lágrimas los carriles FRANCISCO ACEBAL DIBUJOS DE MAilTI -EZ ABADES