Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
HNTRElas estaciones de Pumarines y Llorada está el paso á nivel de la Riosa, y entre el aspa que fonnan al cruzarse los dos caminos, el vecinal y el de hierro, está la casilla de la guardesa; una casuca de tejado picudo, con huerto y corraliza á la espalda, con airiate de geranios en la delantera. Por la Riosa circulan á diario catorce trenes: siete que suben hacia la meseta castellana, siete que bajan hacia la costa. Los que suben, resoplan y jadean; los que bajan, ruedan sin más que el zumbido de un deslizamiento raudo. Eufrasia sale á hacer señal á los catorce convoyes. Eufrasia es una zagala que al quedarse sin ma dre siguió con el monótono oficio que su madre tenía: echar las cadenas y plantarse luego al paso de los trenes, linterna ó banderín en mano. Y esto igual todos los días á las mismas horas, partiendo el tiempo en porciones siempre iguales, como si aquellos trenes fuesen las horas mismas que pasasen en el reloj de su vida. Para los que la veían desde los coches en marciía, Eufrasia era una zaigaleja plantada en medio de unos prados pantanosos y solitarios; para Eufrasia, cada tren era una tromba que pasaba, y ella al levant a r el brazo, al indicar la marcha era como si los dijese: no paréis aquí, pasad de largo, esto -bien sola. Y los trenes pasaban veloces por la llanada pantanosa. Eufrasia ni los miraba ya; al acercarse la hora de cada uno, descolgando el banderín ó la linterna, salía, como autómata estiraba el brazo, y un momento después, indiferente al convoy que había pasado, franqueaba el camino descolgando las cadenas, volvíase al huerto, metíase en la casa hasta que la llamaban los silbidos del tren siguiente. Su padre marchaba al amanecer vía arriba á trabajar en una fábrica lejana y tornaba á la tarde, con paso lento, vía abajo. Todas las tardes oía á su espalda el zumbido de un tren: era el 102; apartábase el obrero y pasaba el 102. El 102 era el expreso, el que pasaba como un ra 3 0 estremeciendo la llanura, envolviendo á la zagala en una tolvanera de polvo y de humo, el tren en que ella ponía todo su cuidado, porque apenas oída la vibración muy lejos, se le echaba encima con marcha violenta, deslizándose veloz sobre los carriles. Iba arrastrado por locomotoras nuevas, unas máquinas gra. ndes, con mucho juego de ruedas, chimer. ea corta, doble domo y todo su corpanchón muy relumbrante. Eran monstruos que devoraban el espacio sin alardes de ruido, con la solaerbia de su poder, con la arrogancia de su fuerza. A Eufrasia le gustaban aquellas locomotoras altas y largas, que venían sin trepidación ni cabeceo. Las veía delectándose en ellas; eran al fin y al cabo una variante en su vida, algo nuevo que cruzaba a llanura solitaria. Y á la noche, en la cena, hablábale á su padre de las máquinas del 102. -Repárelas al pasar- -le decía; -pasan cuando usted vuelve del trabajo; repárelas, padre. ¡Qué grandes, qué grandes son! De tanto mirar aquellas máquinas, Eirfrasia llegó á conocer sus maquinistas, sobre todo al que llevaba el expreso de los lunes y los viernes. Reparó en él más que en ninguno, porque él también mirah a siempre, echado el cuerpo fuera, asido á los hierros del estribo, arrostrando la ventolera de la marcha, abandonándose en la pendiente, sin cuidado de palanca, válvulas ni llaves. El tren bajaba solo, 3 el maquinista gozaba en recibir el aire de los prados, en orear su faz enardecida por el hornillo, en mirar adelante, en avizorar la vía. Veíale Eufrasia; desde lejos le veía, y después de pasar le seguía viendo con el busto echado fuera, sereno, confiado, cojjo amo y señor de aquel titán rugiente. Era un hombre joven, de cuerpo recio, de rostro enrojecido, -de barba rubia, aborrascada. Los lunes y los viernes la guardesa esperaba al 102 sentándose sobre la vía. Aquellos momentos tenían para ella un deleite extraño; esperaba con regodeo, y si el expreso venía con retraso recreábase Eufrasia en dilatar la espera. Al primer retumbo del suelo, se erg- uía la zagala; plantada ante la cade-