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-vez arreglada mi inJumeutaria, me dirigí á la casa de Carlota; e! portero, hombre de muy pocas palabras, se limitó á decirme que el día anterior había salido con sus dos hermanas para el Extranjero, de- donde no volverían hasta el invierno. Renuncio á pintaros mi desesperación. ¡Veinticuatro horas me separaban de la felicidad! Y luego queréis dejarlo todo para mañana! ¡Ah, si yo hubiese adelantado un día mi viaje! -me decía. -Ño pude saber el punto adonde se había dirigido, porque realmente lo ignoraba el portero; pero la noticia de que sólo vivía con dos hermanas rae tranquilizó. Su figura fué para mí desde entonces más interesante. Indudablemente, las tres jóvenes serían huérfanas y estarían al inmediato cuidado de algún prudente curador que administraría sus bienes de fortuna. Así compuse mis ideas, y nadie me hubiese convencido de lo contrario. Como nada tenía que hacer en Viena, emprendí un viaje por Alemania y Rusia, sin que por ninguna parte hallara rastro de mi hermosa desconocida. Llegaron los primeros fríos, que nunca me parecieron más agradables, porque con ellos venía el invierno y con el invierno la vuelta á Viena, de la que ya llamaba mi Carlota, anticipando los acontecimientos. Emprendí el viaje de regreso, y cuando llegué á Viena y á casa de mi incógnita amada, os confieso que me latía el corazón fuertemente como á un colegial en su primera declaración. -Ya han venido- -me dijo sonriente el portero. -La señorita Carlota ha tenido gran sentimiento al saber que usted llegó al día siguiente de su partida. -Di un salto, subí el primer tramo de la escalera, pero al detenerme ante la puerta sentí que me faltaba el ánimo. ¿Cómo iba á justificar mi presentación? ¡Valor! -me dije después de reflexionar unos instantes- -el amor lo disculpa todo; ella es hermosa; comprenderá fácilmente que sólo una ferviente admiración me coloca ante su presencia y me guía en esta aventura. -Di mi tarjeta á un criado y me hicieron pasar á un salón, donde vi á tres nnieres de asombroso parecido. ¿Carlota 1 í- m V -Yo soy, -ite ana de en mi semmanas, que- -Sucede- -contesté yo- -que he debido sufrir una equivocación l. mientable. Yo busco ai original de este retrato, y usted, señora... ür. a carcajada franca, abierta, cortó mi discurso. Es muy gracioso, muy gracioso, muy divertido, decían las tres mujeres. -Ese retrato, caballero- -dijo serenándose Carlota, -es perfectamente mío, sólo que han pasado algunos años. Queriendo celebrar con un recuerdo agradable el aniversario de mi nacimiento, mis hermanas aquí presentes idearon sorprenderme con el delicado obsequio de un retrato de días inás felices, de cuando yo joven y hermosa llamaba la atención en Viena; mandaron á París una miniatura que yo conservaba... y eso es todo. Siento que no me hayáis conocido entonces, pero también hubiera sido inútil, porque estaba casada y he amado mucho á mi marido durante los treinta años de matrimonio. ¡Mi amante ideal tenía sesenta y dos años! Ahora comprenderéis la razón de por qué ocupa esta fotografía lugar preferente en mi despacho. Los amigos de Rafael corearon con risas sus últimas palabras y bebieron una copa de Chainpagne á la belleza postuma de la señora Ritter. LUIS G A B A L D Ó N DinujOS DE ESTEVAN