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L t KIv Í 1 KTR. A. TO 1- -I É; RMOSA mujer! -dijo Ernesto, admirando una fotografía que su amigo Rafael, recién venido de América, había colocado en sitio preferente. ¡Ya lo creo! -suspiró uno de los que habían acudido á casa de Rafael para festejar su regreso. -Ahí tenéis por qué no me casaré nunca. Seguro de no encontrar la belleza perfecta, vivo feliz en u i estado de soltero casi definitivo. -lyO que más me extraña- -dijo Ernesto- -es que siendo Rafael para mí un amigo de toda la vida, me haya ocultado hasta hoy la posesión de ese retrato. ¡Ah, si supierais! -añadió éste suspirando. -Señores- -interrumpió uno de los amigos, ¿no os parece que detrás de ese retrato hay oculta una historia interesante? -Seguramente- -contestaron todos. -Rafael está en el caso de revelarnos ese secreto. Vaya, vengan nombres y fechas. -Puesto qile os seducen las historias, allá va; no quiero que digáis que guardo secretos para mis amigos. Y apurando una copa de coñac y encendiendo un habano, Rafael se arrellanó cómodamente en una butaca y dijo: -Este mismo retrato que tanto os h a sorprendido, figuraba en la exposición de uno de los mejores fotógrafos de París. A la sazón estaba yo en la gran ciudad de vuelta de tui primer viaje por Europa. Al pasar por delante de la fotografía me detuve para esperar el paso del ómnibus. Mis ojos hicieron tiempo distraídos con la interesante colección allí expuesta. Había de todo, como en todos los portales de los fotógrafos, una curiosa feria de vanidades: señores con grandes cruces, que sólo habían ido á retratar su condecoración; recién casados mirándose fijamente, con una fijeza imposible de so. stener al año siguiente de matrimonio; actores con el cabello en desorden, para que se les confundiera con los geniales; militares con uniformes recién estrenados, pero no bendecidos todavía por el fuego; en fin, todo un mundo. Mis ojos ya se daban por satisfechos de la visita, cuando se detuvieron asombrados ante el retrato que aquí veis. Tal fascinación sentí, que, olvidando mis asuntos, mis negocios urgentes, me quedé extasiado delante de tan hermosa fotografía, contemplándola algunos minutos. Inmediatamente se me ocurrió adquirirla, costase lo que costase, y, con efecto, subí á la fotografía, me entendí fácilmente con el fotógrafo, y á las pocas horas era yo dueño de una exactísima reproducción. Ya tenía el retrato, é inmediatamente se me ocurrió seguir la pista hasta encontrar al origmal. El fotógrafo podía indicarme mejor que nadie su dirección, y quizá todos los detalles necesarios á mi curiosidad. Pero el fotógrafo no sabía mucho más que yo. No conocía al original; sólo recordaba que una uianana en el correo recibió de Viena una carta con una miniatura de la que le encargaban hiciese una ampliación y remitiese á las señas que en la carta se le indicaban. Registramos los libros, que y o iba devorando con ansiedad febril, y por fin encontramos el nombre y las señas del hermoso original uel retrato. Se llamaba Carlota Ritter, y vivía en las inmediaciones del teatro Rmg, de Viena. Como comprenderéis fácilmente, al siguiente día hice mis preparativos de viaje, decidido á encontrar á mi hermoso original, del que ya estaba profundamente enamorado. Elegué á Viena, y desde el hotel, uua