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Por fin se abrieron los salones del Gobierno civil de Buroga. ¡Qué esplendor! ¡qué conjunto de uir. jeTes hermosas profusamente engalanadas, cuántos fraques de todas hechuras y tiempos! Los chicos de l a guarnición asistieron vistiendo sus uniformes militares; aquello tuvo visos de recepción oficial. Camino, á pesar de la ligereza de su carácter, se presentó con tiesura etiquetera propia del represent a n t e del Gobierno central. Alfredo Soraes fué invitado, y al saber que asistía irremisiblemente Carolina, acudió á los salones. Era un real mozo, de porte aristocrático, finísimo trato y en todo correctísimo. -Espere usted, Alfredo... 5 0 le quiero presentar á usted á la del Gobernador, dijo Carolina. Laura... te presento á mi mejor amigo Alfredo. La impresión de ésta fué bien extraña; miró al joven 3 correspondió, no sin visibles muestras de confusión, al saludo de éste, que al verla se puso mucho más serio de lo que estaba siempre. ¿Hace mucho que trata usted á esa mujer? preguntó luego Alfredo á Carolina. ¿A qué mujer? preguntó con asombro Carolina. ¿A Laura, á la del Gobernador Pues ya liace más rnadorf de seis meses; la trato íntimamente, es mi mejor amiga. ¿íntimamenie? dijo silabeando la palabra Alfredo. -Pasamos el día juntas... casi desde que ella vino á Buroga. Alfredo nada dijo entonces, nada de lo que esperaba oír Carolina. Estuvo reservado, muy cortés, pero inmutable... Un inglés, un verdadero inglés. Carolina se entristeció y estuvo á punto de echarse á llorar; aquello era un desengaño. En el buffet oyó Carolina á. Alfredo decir á un amigo: -Para recreo podrá bastar cualquiera mujer; para esposa no puede aceptarse ni aun la que tan sólo haya tenido leve roce con gentes indignas. ¿Qué quiere decir esto, queridísima Laura? -decía poco después Carolina á su amiga. ¿Por qué tan cambiado se muestra Alfredo? ¿Qué pasa? ¿qué le ha ocurrido? Ah, los hombres! Todos son muy extraños... No hagas caso... ¿Quieres que j- o lo averigüe todo? Déjale... j- o me encargo de ello, -replicó Laura. Y en efecto, poco de. spués, en el gabinetito que servía, de salonciilo doiuego, habló coníidencialniínta con Alfredo. Carolina los vio, Carolina esperó el resul- tado de aquella entrc i terminada la cual, Alfred la del Gobernador s e p a r a r e muy risueños y como si tre ambos hubiera existido siempre ami. stosísima corianza. n Al siguiente día ocurrió un suceso famosísimo en Buroga. La del Gobernador se había marchado aquella mañana en el tren... según decían unos, á Madrid; segiín otros, á París. El Gobernador daba por telégrafo su dimisión al Gobierno, que asimismo por telégrafo fué aceptada. Por la tarde hubo otro suceso extraordinario. El Sr. Camino, tropezando casualmente con Soraes, fué rechazado por éste con gran violencia; cambiaron tarjetas, mediaron padrinos, y al anochecer se batieron á sable, quedando gravemente herido el exgobernador... y marchándose de Buroga en el primer tren de la noche, á Madrid ó á París, Alfredo Soraes. Carolina recibió después esta lacónica y terrible carta: Señorita: mis títulos, mi aristocrático nombre, me obligan á una extremosa cautela; puedo ser y soy libre en mis placeres... pero he de ser de vidriosa susceptibilidad para contraer matrimonio; así, comprendo que usted me niegue su mano, ante el temor de que algún día pudiera pecar de receloso, con exageración, recordando las amistades íntimas de usted con la del Gobernador. No puedo yo ya evitar un hecho efectivo. Lo lamenta con toda el alma su amigo, Alfredo Soraes. it Carolina entró en un convento, y aquel mismo día Alfredo se llevaba á París á Laura, que había sido, no la esposa de Camino, esto no... había sido la del Gobernador. JOSÉ Z A H O N E R O DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA