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i A. üKIv OOBKRKTADOI C I UANDO se preguntaba á los de x roga, capital de provincia de Castilla la Vieja, -Qué tai es el gobernador q r e ahora tienen ustedes? solían responder, si el tal gobernador era digno de estimación y de elogio: Le visita todo el mundo. Ocupaba el trono gobernadoril, Carair. o, Fernandito Camino, un joven muy campechano, muy elegante, ¡uf! á la última, y muy amigo de fiestas, yf, o. y esto fué á poco de ha cerse cargo de su ínsula. Cuando todas las solte i ras de la ciudad se regocijaban creyéndole motJ zo y libre, sorprendió á la gente acudiendo u n día á la estación del ferrocarril á esperar á su señora. ¡Menos mal... si ésta era tratable, habría fiestas en los salones del Gobierno civil! En efecto; Laurita resultó á todos, así á la primera impresión, muy simpática; fué bien juzgada por cuantos la vieron... Algunas fariiilias no vacilaron en ir á visitarla, y ella correspondió á las visitas; y al fin feí los h- urogueses, n o y a p o r recelosa espera y detenido examen, sino por e s p o n t á n e a simpatía h a c i a la del Gobernador 1 i. M 1 es decir, Laura, pusieron á Camino en la clasificación de los gobernadores á los c u a l e s visitaba casi iodo el mundo. Había un grupo que no se dejaba vencer por p r i m e r a s impresiones. ¡Qué gente mdz huraña ez cza. h, solía exclamar andida Laurita, hablando de aquel grupo 13 J L l i O W í- l c t L l t O Carolina de Vallesaltos, chica de la aristocracia buroguesa, estaba embelesada con su amiga Laura; ¡la hallaba tan alegre, an graciosa y tan linda! ¿La del Gobernador s e v i s t e d e este- modo? ley. ¡Ixt del Gobernador l l e v a sombrero á la iglesia? pastoral. ¿La del Gobernador come siempre mariscos antes del almuerzo? regda de higiene. ¿La del Gobernador... en fin, la del Gobernador era autoridad, era infalibilidad, consejo, ejemplo, modelo para todo. Tenía carruaje el gobernador, y unas veces en el carruaje de éste, otras en el de Vallesaltos, Carolina y Laura aparecían siempre elegantísimas en el paseo, parlando, riendo, amistosas, gozosísimas... Mirábanlas con admiración, tal vez no exenta de envidia, las elegantonas de Burog a, y con extrañeza no exenta de enojo los viejos de la ciudad. ¡Ay! Cuando des las recepciones, si es que tu marido se decide al fin á dar bailes en el Gobierno civil este invierno, te presentaré á mí pretendiente. Ya verás, Laura, qué chico más elegante, qué persona tan distinguida. Es un poco serio porque ha viajado mucho por el Extranjero, pero guapo, amabilísimo, complaciente... -dijo un día Carola á Laura. -Vajnoz, q u e ez t u capricho... ¿Cómo mi capricho? No, mujer, mi pretendiente... y creo llegará á ser mi amor. Yo no soy caprichosa; ya lo sabes, querida Laura. ¡Vaya, rmíje q u e t e p i c a s con el hilo d e una. pehtza! -replicó la del Gobernador. -Mi pretendiente está ahora en Bélgica. IMe lo dijo en la estación la otra tai de un amigo suyo, el marqués de Torre Almenada, que pasaba hacia Madrid en el sliping. E s pariente nuestro. Me dijo: Chiquilla, Alfredo vuelve pronto; le vi eu París cuando se disponía á marcharse á Bruselas, y me dijo que sólo había de pasar tres días allí y que luego vendría á Euroga. ¡Pronto estará con nosotras! ¡Alfredo Soraes... Viaja todos los veranos. -Alfredo Soraes... Ese es muy rico, -exclamó vivamente sorprendida la del Gobernador. ¿Le conoces... -Sí, de vista. Además, ¿quién no ha oído hablar de él en Madrid -replicó Laura con indiferencia.