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La marquesa habla atropelladamente, sofocada, olvidándose 3 e su resignación estói a, mientras Anclares, con la boca abierta, escucha aquellas lamentaciones incomprensibles como una tempestad que descarga mu -lejos. -Y filia, mi pobre sobrina, tendrá que presenciar la barbarie del populacho, los caballitos moribundos, la arena enrojecida por la sangre... ¡Jesús, Jesús, qué horror... -Y se cubre los ojos para desvanecer la espantosa pesadilla. En aquel instante se presenta la sobrina, espléndidamente ataviada. Está muy seria, con majestad de mártir dispuesta al sacrificio; su airosa mantilla parece blanca nube de encaje abrochada con botones de fuego. Pepito, extasiado en la contemplación de tan soberana hermosura, apenas acierta á decir palabra. -Ya rae ha contado tu tía... -No hables de eso... Iré, porque mi obligación es ir; pero exijo de ti un sacrificio. Sé que á tu alma noble esa fiesta le tiene que parecer repugnante... ¡Shoking! -añade la marquesa. ¡Archi... shoking! -dice Pepito, ruborizado por el embuste. -Bueno, pues... quiero que nos acompañes. Estaremos juntos, no miraremos el espectáculo, y así será más soportable el martirio... ¿Te atreves á complacerme? Anclares la mira con lánguidos ojos de idiota y se queda frío como un muerto... Están lidiando el segundo toro. H a y en la Plaza catorce mil personas que se estrujan, aplauden, gritan, blasfeman y ríen, todo á un tiempo... en confiisión caótica: es una imponente estantería de locos. En los antepechos, los abanicos se agitan como alas abiertas de mariposas, y abajo, sobre la arena de la Plaza, relampfiguean con saltos bruscos las lentejuelas de oro encendidas por el sol. Elia, inclinado el busto dentro del palco para no ver la fiesta, habla con Pepito, que está en segundo término; frente á ellos, la marquesa clava en el cielo sus ojos inmóviles de estatua. El bullicio de la muchedumbre golpea cu los oídos de las dos mujeres como gritos de condenación, y Elia protesta con su actitvid desdeñosa y con p a l a b r a s de ariiarga censura, proferidas en voz baja. Pero el desventurado Anclares s u f r e mucho más: inquieto, aturdido... f i n g e repugnarle el espectáculo y q u i e r e apartar (le él los ojos c u a n d o misterioso t o r c e d o r lleva sus miradas de soslayo á un pedacito de Plaza que divisa desde su sitio... y la sangre azota én las sienes con latigazos conges- -r OS... ¡Sufres mucho! -le dice Elia, mirándole stemente. -Sí... bastante. ¡Es que me i n d i g n a! ntesta él; y da un brinco en su asiento, rque h a visto á Pepe el Largo cuartearse ira entrar á picar... -Si hubiera sabido que te hacía tanto ño... Perdóname. ¿Te sientes enfermo? -No... Si es que el Largo... ¿Qué dices? -Digo que... que es muy largo esto... ¡Que es interminable! -Nos iremos pronto... El caso era cumplir; rendir este enojoso tributo á nuestra barbarie meridional... ¡Meridional! ¡Como si en todo el Mediodía se hiciese lo mismo! ¿Tú has visto algo semejante en Roma: en Turín... en Venecia? ¿Y no es Mediodía Italia? ¡Sí, sí! ¡Bueno está ahora Pepito para Turinos y Venecias! Le danzan chiribitas en los ojos, los oídos le zumban y todos sus nervios se desatan: es que h a visto al Largo otra vez tapando, la salida á un Muruve noblote que desafia, encampanada la cabeza, á medio metro del caballo, y... Pepito no se puede contener. Con manos crispadas arrolla la mantilla de Elia, que nubla sus ojos como un cendal molesto; se pone en pie, y asomándose al antepecho con la gallardía del César en el circo romano, lanza un rugido trepidante, estentóreo, dirigiéndose al picador; ¡Entre usted por ¡so morral! Elia cae desmayada eu los brazos rígidos de la marquesa. L U I S GONZÁLEZ GIL D I B U J O S- D E C. VÁZQUEZ