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En pocos iustautes llegó hasta ella un joven que salvó la distancia desde el islote hasta la isla, saltan do con rara habilidad de roca en roca, las cuales forman en aquel lugar como un archipiélago de escollos. ¡Gadl- -exclamó la egipcia tendiéndole los brazos. ¡Tajot! -contestó él, estrechándola entre los suyos. Y ambos permanecieron unos momentos silenciosos, arrobados. Ni el nombre pon que le llamó la joven, ni el aspecto del mancebo, eran egipcios. Desde luego observábanse en el los caracteres de una raza extraña: era arrogante, hermoso, expresivo, pero en nada se parecía á los compatriotas de Tajot. ¡Cada vez me pareces más hermosa, amada mía! -dijo Gad, contemplando en éxtasis á Tajot. Hablaba en egipcio correctamente, pero en su acento había algo de extranjero. -Y cada vez te amo yo más, si esto es posible, mi s e ñ o r -l e contestó la egipcia. Y iras una pausa añadió con acento de tristeza: ¡Cuando querrás tú que nos amemos sin temores! ¡Si de mí dependiera, Tajot niía! Pero es muy difícil, ya ló sabes. -Yo no sé sino que te arno con locura, que tú también me amas, que cada día pones en peligro tn vida por este amor, y que sin em r, bargo, somos desgraciados. Si tú quisieras, dejaríamos d e serlo. Una palabra tu 3- a. y correría en busca de mi padre; es muy bondadoso, me idolatra, haría que te perdonasen y podríamos amarnos á la luz del excelso Ra. ¡Imposible, amada mía! Por ti he sido desleal con mis hermanos; partieron todos, y yo sólo me quedé en esta tierra de nuestra, servidumbre. No quise compartir ni sus penalidades ni sus g lorias. Por ti llevo una vida miserable, oculto de los hombres como un reprobo; hasta mí llegan las imprecaciones de todo un pueblo c m i raza. Peligros, afrentas, el enojo de mis hermanos, todo lo arrosti ti gustoso. Pero no me pidas que reniegue de mi Dios, que sea perj m i s creencias, que adore á los falsos dioses. No era la primera vez que el israelita Gad se expresaba en tales términos; pero había en esta ocasión en sus palabras, á pesar de lo terminantes, un acento de vaga indecisión que no se ocultó a l a enamorada egipcia. Vio un rayo de esperanza, le pareció que la diosa Plator se sonreía, y dijo con ansiedad: ¡Gad, amado mío! Te he oído decir que al Dios imico y verdadero se le puede adorar en todas partes. También se le podrá adoi arbajo diferentes formas... ¡Sea esta noche la última en que la angust i a se mezcle á la alegría! E 1 amor lo santifica todo... Calló Tajot y miró intensamente á Gad, que palidecía, silencioso. De pronto exclamó con trémula voz el israelita: ¡Tajot! ¡Gad! -contestó la egipcia, y añadió gozosa: ¡Voy en busca de mi padre! Pero en aquel momento Gad dio un grito de asombro y sus ojos se fijaron espantados en un punto del espacio. ¡Allí! ¡Tajot! ¡Mira! -balbuceó aterrado. Tajot miró con igual terror en la dirección indicada, pero no vio sino lo que en todas direcciones se veía: el firmamento azul, argentado por la luna. ¡Sí! ¡Allí! -insistió Gad, cada vez más alucinado. Y ante sus ojos, en efecto, se desarrollaba un espectáculo extraordinario. Veía inflamarse una parte del cielo, y sobre el fondo rojo delinearse una montaña cuya cumbre ardía entre relámpagos, y á cuyo pie clamaba una multitud confusa... Y vio por último que, dominándolo todo, aparecían con letras de fuego estas palabras: Amarás á Dios sobre todas las cosas. Yo soy el Señor tu Dios que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otros dioses delante de Mí. Y Gad tuvo la intuición del sublime misterio. Adivinó que en aquel momento hablaba el Señor á los israelitas, que en aquel solemne momento promulgaba la Éey y se la entregaba á ¡Moisés para su cumplimiento. Y sin volver el rostro hacia Tajot, que permanecía inmóvil y anhelante, huj ó de su lado... Saltó de Toca en roca, pero deslumhrado por el resplandor que continuaba viendo en el cielo, cayó al río... Soibrenadó un instante, pero desapareció entre las aguas, acompañado hasta el fondo por la luz del Sinaí. Tajot yacía en la isla como una flor tronchada, exánime pero bella. E u i s DE TERÁN DIBUJOS DE MÉNDEZ BEIiNG.