Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
3l3. i: Q- jLr) Y llamando el Faraón, en aquella misma noche, á Moisés y á Aarón, les dijo: Levantaos y salid de m i íComarca con los hijos de Israel. Idos y ofreced sacrificios al Señor icomo decís. Llevaos vuestros gana dos y rebaños; id en paz y bende c ¡dme. (ÉXODO, X U 31- 32. Y habían ya transcurrido noventa días con sus noventa noches desde que los israelitas, con el be neplácito de Menettá I, abandonaron las orillas del Nilo en demanda de la tierra prometida. No era fácil, sin embargo que los egipcios se olvidasen tan pronto de los que durante tanto tiempo fueron sus huéspedes, ó más bien sus siervos. Contribuían no en poco á la persistencia del recuerdo, las calamidades y las desgracias que precedieron y siguieron á los comienzos del éxodo. Recientes estaban todavía los memorables horrores, y aiín se cernían sobre las márgenes del sagrado río las siniestras alas del ángel de la desolación. Aún se escuchaban en los suntuosos palacios y en las humildes viviendas lamentos desgarradores; aún no se habían secado las lágrimas que, cuando su manantial podía considerarse ysL agotado, hizo derramar de nuevo la última desdicha, la catástrofe de los ejércitos egipcios que persiguieron á los israelitas. En todo hogar faltaba algún ser querido; el recuento de las ilusiones marchitas, de las esperanzas truncadas, de las alegrías perdidas, causaba espanto. Y en todo el pueblo, en las ciudades y en los campos, en los templos y en las tumbas, repercutía una imprecación monstruosa contra los hijos de Israel... La isla de Filé, á la luz de la brillante luna, se esfumaba en la neblina azul. Parecía una planta extraordinaria, de múltiples ramajes, que brotaba de las aguas y se alzaba, se alzaba hasta perderse en el espacio; algún loto colosal y misterioso, cuidado por la mano de Isis. Desde larga distancia percibíanse los aromas con que saturaban el ambiente las delicadas flores de la isla; y en sus alrededores, en aquella noche cálida, asfixiante, gozábase ya de la frescura con que brindaba su vegetación tupida. Los tamarindos, los sauces y los sicómoros, las acacias y las palmeras resguardaban durante el día el lugar de la tumíja de Osiris de los ardorosos rayos del sol egipcio. La luna avanzaba perezosamente por aquella atmósfera tranquila. No se oían otros rumores que los de la próxima catarata, cuyas aguas, como procedentes de Etiopía, protestaban sin duda ruidosamente al penetrar en el cauce de sus eternas enemigas. El augusto silencio de los seres se vio turbado, sin embargo: oyéronse unos pasos, tenues, pausados, pero inconfundibles; algunas aves demostraron agitación en la enramada, y por entre unos juncos asomó el largo cuello de una grulla que espió la sombras con azoramiento; se escuchó después el ruido de una piedra al caer en el agua, y los pasos se detuvieron bruscamente; tras unos momentos de silencio se deslizaron de nuevo, y al poco rato volvieron á detenerse. En una elevación de la isla, desde la que se descubría el curso del Nilo y el islote de Senem formado por rocas aglomeradas, apareció una figura humana, iluminada á medias por los quebrados rayos de la luna que atravesaban el follaje. Era Tajot, la hija del gran sacerdote guardador de la tumba de Osiris en la isla. Tajot era bellísima; en ella había llegado á la perfección el atractivo tipo de las egipcias. Sus ojos negros, no muy abiertos, pero muj rasgados, miraban voluptuosamente; en su tez pálida, ligeramente amarillenta como la magnolia, se destacaban los labios, rojos, algo abultados, pero de correctísimo dibujo, como el de su nanz pequeña y fina; los cabellos negros, que dejaba al descubierto el artístico tocado, despedían metálicos reflejos á la luz de la luna; su cuerpo, que se transparentaba vagamente bajo el azulado cendal de sus vestiduras, era esbelto, flexible, de delicadas formas. Todo en ella era gracioso, amable y atrayente. Tajot, desde el lugar al que había llegado cautelosamente, miraba con visibles muestras de impaciencia hacia el islote de Senem. Golpeaba de. cuando en cuando, aunque se contenía en seguida, el tapiz de flores con sus desnudos piececitos, y sus manos recorrían nerviosamente los simbólicos dijes que de su cinturón pendían. De pronto sus ojos relampaguearon intensamente, se entreabrieron sus labios, su cuerpo experimentó una sacudida, y. sus dedos, cuajados de sortijas, se crisparon sobre el corazón como para contener sus violentos latidos.