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TEATROS AMBULANTES EN CHINA I, público europeo, gracias á la exhibición de la nunca bastante alabada Srta. Sada Yacco, verdadero genio de la tragedia en el Extremo Oriente, tiene ya una idea bastante elevada de lo que es y lo que representa el teatro en los pueblos de donde viene el sol. La admirable compañía de la gran trágica japonesa, á quien se ha aplaudido con rara unanimidad en todos los principales teatros de Europa, fué una revelación sorprendente para muchos de los seres distraídos, irreflexivos ó ignorantes, habituados á no considerar á chinos y japoneses sino como unas especies de muñecos de porcelana, adornos de teteras, jarrones y pañuelos de Manila. La afición al teatro, que en Europa nos parece muy grande y desarrollada en razón directa de la cultura de las naciones, en China no es solamente un gusto ó una l lfPlA inclinación que pocos pueden satisfacer, sino que constituye una verdadera necesidad experimentada por grandes y chicos y que en todas partes se llena mejor ó peor. Preocúpanse hace pocos años en Francia algunos literatos con el problema del teatro popular: conocidos son los brillantes pero reducidos ensayos verificados en Bussang y en otros puntos por el poeta Pottecher y por algunos entusiastas actores y autores. En China ese problema no existe. Abundan los teatros populares y las representaciones al aire libre que es una bendición de Talía. Para ello hay dos elementos admirables y esencialísimos: primero, la insaciable atención del público, porque el chino más atareado, aquel á quien más preocupen y obliguen sus negocios y quehaceres, lo abandona ó lo olvida todo en cuanto tropieza con una cuadrilla de cómicos de la legua; y segundo, las incomparables dotes que la Naturaleza concedió á los chinos para el oficio del teatro, como par todas las artes del fingimiento y de la mentira. En todo ciudadano perteneciente al Celeste Imperio hay madera de actor, disposiciones y dotes naturales exquisitas para representar el saínete, la comedia y el drama. Quizás por eso mismo, por hallarse ellos acostumbrados á la farsa ordinaria de su vida, preñeren ver en el teatro espantosas y terroríficas tragedias, melodramas espeluznantes en los que mueren todos los personajes menos el apuntador, por la sencilla razón de que no lo hay. FOTOG. UARTI W. B.