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JXJAXÍ el arJe en el Juíiii el pustordllo A lejos A GüANTANDo un sol queseco, chirríacielo despejado, pareciendo absorbercabei; ea Eoilolicnto. susloalas el colgada Je cardo inia cij arra, con el vibrar de calor que la vivifica, Aquel cíinto agrio y perenne es el único ruido que turba la siesta dt l t anipo seco, polvoriento, dormido bajo el aliento tórrido del sol Ningún otro rumor nace de los yerba- tosüiíias, y entre los tallos gráciles sólo se ajjitan las hormigas incansables, que serpenteando en ondulantes hilillos ueí ros, se pierden ajetreadas en lejanía misteriosa. Las aves duennen ó callan, escondidas en TUedio de las matas más altas, que con los flecos de sus hojas tamizan la luz árida, Y ante la cabra que le sirviú de nodriza, solo en el rastToj (3, el pastor balancea perezosaniente su cabeza sudorosa, Sobre la eual apóyase la pesada mano del sueno. En la penumbra rojií a que forman los párpados medio caídos de Juan, pasan inciertos recuerdos de tardes como aquélla llenas de sol de calor y de polvoi visioncrs de prontos crepúsculos invernales, de períüinados atardeceres de primavera, de brumosas lontananzas de otoño, y sobre todos aquellos fondos tristes, alegres, floridos, yermos, se dibuja la silueta pensativa de la Cotord, de la cabra fiel, alrededor de cuya cabeza se recortan las orcja. s larcas y afiladas, los cnemos encorvados y blanquísimos, formando un á modo de nimbo satánico muy en armonía eon la burlona perversidad ¿ue parece escüudcTSc en las hendidas pupilas amarilleólas del animal. Sólo la Ci fcrd puebla los ensueños de Juan, vacíos de manow amantes, ensombrecidos por la amenaza perpetua de aperadores, j afianes y mozos. La caridad, que le rcco íid de la cuneta del camino donde le olvidaron 6 le abandonaron, le puso por nombre Juan, le dio una cabra por madre, y pensó haber Jieelio bastante sin cuidarse de si el alma de aquel chiquillo podía llorar iustlntivamcnle cariños desconocidos. A lo lejos, aplicando sobre el cielo su monstruoso perfU serpentino, corre cmpenacbAndose de hnnio, lar o convoy. Un silbido agudísimo desg: arra el aire y desfallece lueg o sobre el campo aletargado. AI oírlo Juan incorpora á medias su euerpecillo endeble, yergne la cabeza pelona, de crineo deforuie y puntiagudo, írisU éerm ria áe aquéllos que le abandonaron. Apoyada una mano sobre el suelo ardiente, el pastor sonríe soñoliento á la cabra, arroja lejos de sí el sombrero, y toma otra vez ú amodorrarse en medio del rastrojo, mientras la CiFi m, plegadas las áfíil s patas, baboso el nejíruzco liocicoj le contempla, pareeiendo rumiar en la penumbra de su lent j cerebro de bestia alguna idea imprecisa que humaniza con ejípresión tierna la perversidad de sus ojilloa diabólicos. MAURicro LÓPT ií- ROBERTS mifUJO D I llUEELTA- a