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a j Igletiia, que está n lugai j u n t o al castillo, adonde i muchas gradas; y estaba aJ paños de oro y seda; y había otros fe i dos tablados muy ricamenfe adereza dos, adonde estuvieron los embajadores de los competidores y niucho número de caballeros. Aquel día, siendo d ii ro, los tres capitanes que tuvieron cargo c fensa y guarda de la villa, con igual número d gente de armas, salieron con su gente armada has t a en número de trescientos hombres, entre la gen t e de caballo y ballesteros; y estaban muy bien aderezados de sus jaquetones de tapete de velludo y brocado y de muy ricos paños; y á la postre iba Martín Martínez de Marzilla con el estandarte real de Aragón. Estuvieron á la hora de tercia los nueve en la sala del castillo, y salieron con grande acompañamiento á la Iglesia, y á las puertas de ella estaba- adornado un altar maravillosamente, y en él se sentaron los nueve... Celebró la misa del Espíritu Santo el Obispo de Huesca, y siendo acabada comenzó el sermón el santo varón y maestro Fray Vicente Ferrer... Acabado el sermón, lej ó en voz alta la publicación del instrumento que se había ordenado; y cuando llegó al punto en que se declarab a el nombre del Infante D. Fernando, el mismo Fray Vicente Ferrer y muchos de los presentes, declarando su alegría con altas voces, dijeron por diversas veces, separando en cada una con gran silencio, ¡viva! ¡viva! nuestro Rey y Señor don Fernando; y hincados de rodillas, con diversos himnos y cánticos daban gracias á Nuestro Señor. Luego tras esto, los alcaides del castillo levantaron un estandarte real delante del altar, y sonaron diversos instrumentos. Aquel mismo día, á la tarde, renunciaron los nueve el señorío y jurisdicción de aquella villa en el Obispo de Huesca... No fué tan general el regocijo de este auto- -añade Zurita- -que no se hallasen en aquel lugar muchos que tuvieran del gran pesar y sentimiento; y aunque el pueblo hacía sus alegrías y fiestas, quedaron algunos maravillados y como atónitos; y iio solamente estaban confusos; pero públicamente. se comenzaron á quejar y murmurar que hubiese sido preferido en la sucesión príncipe extranjero, teniéndolos naturales y de legítima sucesión; y este fué tan público sentimiento y tan repentino, que fué necesario que otro día en la fiesta de San Pedro y San Pablo, Fray Vicente Ferrer en el mismo lugar hiciese un sermón en que refirió que adonde se trataba del derecho de la sucesión, no había para qué tratarse de la qualidad de la persona. Apaciguáronse con esto los ánimos y evitáronse las revueltas; ciñó D. Fernando la corona, sofocando primero la rebelión del desairado conde de Urgell, y venciendo luego alteraciones que hubo en Sicilia y en Cerdeña; y aunque poco respetuoso de los fueros aragoneses, mereció por su índole moral s e r l l a m a d o el Justo y el Honesto. No hay en el ancho campo de la Historia de España, teniendo en cuenta al espíritu de los tiempos, hecho más glorioso que el Compromiso de Caspe, pues en él se dio el caso de que sobre la monarquía hereditaria y sobre la constitución aristocrática de aquellos reinos se alzara y prevaleciese la soberanía nacional, cuya voz llevaron gentes de condición humilde, á quienes infundió entereza la persuasión de su derecho. JACINTO OCTAVIO PICÓN B A J O R R E L I E V E S DE COUI. I. AÜT V A L E R A