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y V t 7 J e a 5 pe t os desastres que en las últimas guerras lia sufrido España, y más, si cabe, la fa ta de vigor para rehacerse de ellos, lian sembrado el desconsuelo en los ánimos. Temen unos que el apocamiento nacional sea incompatible con toda tentativa de grandeza íutura; exajeran otros el daño, hasta suponer que por causas históricas ó deficiencias de raza carecemos de sentido político y aun de verdadero patriotismo; llevan algunos su negrura de pensamiento- hasta dar efecto retroactivo al pesimismo, tratando; de negar ú obscurecer las glorias pasadas, que es como obscurecer y ne, 2; ar la esperanza de lo- porvenir. Mientras haj a quien así discurra, nunca estará de más abrir de cuando en cuando la Historia, porque aun los que no creen en ella hallarán en sus páginas algo que les amengüe la desconfianza y les fortalezca el espíritu; recordar sin ton ni son nombres de batallas, es vanagloria fútil- y engañosa; mas traer á la memoria hechos donde se pruebe que hay alma nacional, que fué grande y que puede volver á serlo, es labor consoladora, y el con. suelo germen de actividad y provecho. No es nuestro propósito decir nada nuevo, sino cosas, de puro sabidas, olvidada es recordar algo que acaso no entendimos cuando de muchachos lo leíamos: rasgos y arranques, acciones y empresas donde se muestra todo aquello de que es capaz esta raza cuando se propone enderezar enérgicamente la voluntad al bien común. Tal vez así contribuj amos á ditundir la creencia de que no somos rebaño miserable, sino muchedumbre, aunque desorientada y apática, deseosa de hallar su norte y recobrar, conforme al espíritu moderno, aquella grandeza de que fué capaz cuando eran otras las ideas que gobernaban el mundo. Llenas están de ejemplos nuestras historias; ninguno tan hermoso como El compromiso de Caspe. Sangriento y lleno de turbaciones quedó el reino de Aragón á la muerte de D. Martín el Humano, y en el resto de Europa no era mayor el sosiego, porque andaba Italia combatida de parcialidades; Francia, ensangrentada por banderías, y sus costas asoladas por el inglés; Castilla, sujeta á los riesgos de una minoría; ei romano imperio, dividido asi en lo temporal coim en lo religioso; y la criístiandad toda, revuelta por aquel cisma en que á un tiempo se ciñeron la tiara Juan XXIII, Gregorio X I I y Benedicto XIII; sólo- Portugal gozaba paz interna, empleando su poderío en mover al África guerra. Por eso, dada la turbulencia y rudeza de los tiempos, parece á primera vista inexplicable El compromiso de Csspe; mas quien haya leído despacio la historia de la corona de Aragón, no verá en él sino la consecuencia de las ideas que allí desde tiempo atrás dominaban. Para obligarle á revocar un contrafuero, dijo Guillen deVinatea á D. Alfonso IV estas palabras: Como hombre no sois sobre nosotros, y como rey sois por nosotros y para nosotros. La reina doña Leonor, que se hallaba presente, sin poder contenerse exclamó: Tal cosa como ésta no la toleraría mi hermano el rey de Castilla, y de seguro, á tan sediciosas gentes las mandaría degollar á lo cual su esposo dijo entonces: Reina: nuestro pueblo es más libre que el de Castilla; nuestros subditos Nos reverencian, y Nos los tenemos á ellos por buenos vasallos y amigos. Muchos años después, aún se mantenía tan vivo este sentimiento de respeto del rey al reino, cj ue D. Martín el Humano decía: He ordenado que mi hijo venga á Aragón para que aprenda cómo han de haberse sus rej es en guardar y conservar las libertaaes... porque los demás remos, en su mayor parte, se rigen por la voi- ntad y disposición de sus reyes. Así confesaban los monarcas lo limitado de su autoridad y tan celosos eran los pueblos de su soberanía: por donae claramente se explica que al ponerse en tela de juicio quién había de ceñir la corona, no se resolviese la duda por violencia de las armas, sino doblegándose todos gobernados y pretendientes, á lo que las ideas del tiempo consideraban legal y justo. He aquí cómo sucedieron las cosas al celebrarse el Compromiso de Caspc: Refiere Zurita que hallándose en sus postrimerías D. Martín El Humano, al tiempo de reunirse Cortes en Barcelona, andaban los vai ones grandes, que se llamaban del Principado, desavenidos y revueltos; y como se entendió un viernes á 30 del mes de Mayo 1410) que el Rey estaba al fin de sus días y no se hallaba en disposición de ordenar su testamento, ni declaraba á quién dejaba por sucesor, habiéndose puesto en contienda en su vida, considerando los niales que se podían seguir de aquella incertidumbre, deliberaron que de cada estado se nombrasen personas para que supiesen- del Rey, si era su voluntad, que el sucesor de la corona real de Aragón se declarase. por justicia. Estos fueron al Monasterio de Valdeáoncellas á donde el Rey e. staba doliente en la celda de la. Priora, á las once horas dciia noche; y Ferrer de Gualbes, que era consejero de la ciudad y fué nombrado para ello con otras personas, en presencia de Ramón Cescomes, protonotario del Rey, y de otros dos notarios, dijo al Rey, que estaba en su sentido, éstas palabras: Señor: nosotros que somos elegidos por la Corte de Cataluña y estamos aquí delante de Vuestra Magestaq, os suplicamos humildemente que os plega hacer dos cosas, las cuales redundan en soberana utilidad de la cosa pública v de todos vuestros reynos y tierras. La primera, que los- -queráis exhortar que tengan entre sí amor, paz y concordia, porque los quiera Dios conservar en todo bien; y lo otro, que tengáis ahora por bien de mandar á todos los de vuestros reynos que, por todo su poder y fuerzas, hagan por tal forma y manera que la sucesión de vuestros reynos y tierras, después de vuestros días, venga á aquel á quien por justicia deba; como esto sea muy placiente á D i o s y en gran manera provechoso al bien público y muy honroso y perteneciente á vuestra real dignidad. Y tornando á decirle esto mismo le preguntó así: Señor ¿pláceos que la sucesión de vuestros reynos y tierras, después de vuestros días, venga al que por justicia debe venir? Y entonces respondió el Rey y dijo: Sí.