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XJM FRKTKMDIKI ITK; T T L sagacísimo espíritu observador del difunto maestro Jiménez Aranda, para quien no quedaba se creto por descubrir ni arcano por revelar en la complicación de la vida española, supo en breves, correctísimos rasgos fijar, quizás como apunte para un cuadro del porvenir, la figura esencialmente nacional del joven qtie viene á la corte á j como se decía khr- -antaño con franqueza algo candida, ó d luchar por la vida como solemos decir hoy con frase retumbante y extranjeriza. Jiménez Aranda mostró una vez más su finura de apreciación y su dominio del contorno y de la línea en el apunte inédito que tenemos la suerte de ofrecer á nuestros lectores, y que es una prueba más de cuan errados anduvieron pintores y críticos al proclamar centro y principal asiento de la expresión humana el rostro: error estético destruido totalmente por el genio de Goya. Hacer hablar á la línea, hacer reír, cantar, gemir, atender, amenazar al contorno del cuerpo, á la forma y caída del traje, es triunfo conseguido por muy pocos maestros desde Goya hasta nuestros días: victoria que, en nuestra humilde opinión, consiguió el genio aragonés fijándose mucho en el natural, sin duda, pero también estudiando con asiduidad á los grandes pintores realistas holandeses. ¿Qué no hubiera hecho, á qué prodigios de gracia y de vivacidad en el dibujo no hubiera T si hubiese An á v oa, á llegado f i- n K; r- conocido f, Yosai, Hokusai, á los incomparables artistas japoneses, cuyas obras han causado tan grande y honda perturbación en los espíritus de dibujantes y pin tores modernos? Para los japoneses, no digamos que la cara es un dato despreciable, sí que no tiene la importancia magna concedida por los arti. stas europeos, particularmente por los posteriores á Rafael, muchos de los cuales más que de- pintoi es tienen de retratistas. Individuos los japoneses de una raza finísima, nerviosa y que todo lo expresa con sorprendente movilidad, el natzira- lles ofrece ademanes y actitudes antes que gestos ó mohines. De ahí su dominio del contorno, su precisión para fijar la línea ondulante y fugitiva del cuerpo. Sin dejar de ser castizamente español, Jiménez Aranda estudió con toda su alma á los japoneses, á Goya, á los holandeses, á todos los maestros del movimiento y de la línea, á todos los grandes ntérpretes de la actitud. A ello contribuyeron poderosamente sus hábitos y sus insuperables cualidades de ilustrador, profesión ó, mejor dicho, vocación y sacerdocio artístico de gran valor injustamente menospreciado. El ilustrador, forzado á seguir y á manifestar plásticamente el pensamiento ajeno, tiene que poseer u n a poderosísima retentiva para recordar situaciones, formas, posturas y casos análogos al que trata de interpretar. El ilustrador ha de tener un capital inmenso denotas, apuntes- y esbozos en previsión de lo que pueda ü, etesitar: y para ello ha de ser un filósofo, como lo era Jiménez Aranda, conocer el mundo, considerar atentamente la sociedad, la vida. Sólo así se consigue que toda una figura, como la del apunte que reproducimos, toda ella, desde los pies á la cabeza, atienda, pida, suplique amablemente, revele mal contenidos anhelos, 3- al propio tiempo ofrezca paciencia y aguante inagotables, derroche cortesía y complacencia. Un apunte así vale por un cuadro y á veces por un tratado de Psicología nacional. DIBUJO INÉDITO D E JIMÉNEZ A R A N D A