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P iS: ji 1- -X -f i- í f lif Pohcrates lanzó irónica mirada al desconfiado faraón y nada dijo. Por todas partes sonaba el mi- mo rito que corría de los frescos labios de las vendimiadoras á las macilentas bocas de los viejos y á las infantiles -aro- antas- ¡Vela, vela! ¡Son los nuestros! ¡Nuestra escuadra! ¡Victoria! ¡lo, io, Paián! ¡Bendita Hera la de los blancos brazosi la vendimia cesaba, y en medio de las viñas quedaban esparcidos por el suelo los capachos de moscatel y íos pisadores salían de los lagares con las blancas pantorrillas, pintadas del color morado del mosto, y corrían por las calles las mujeres gritando como bacantes, y todos se lanzaban al puerto poseídos de alegría triunfal, lo mismo los ancianos de flacidas piernas que las matronas á cuyo pecho se agarraba una criatura Polícrates seguía callado, pero la felicidad, el orgullo le subían ai rostro en llamaradas rojas, y el insecto verde y brillante del anillo paseaba febril en carreras locas por su luenga barba. Llegaba en t a n t o l a flota, enfilaban la bahía los picos de las aves fantásticas labradas en la proa de los barcos y parecían abrirse mas, llenos de alegría, los gigantescos ojos humanos pintados á babor y á estribor. Arriadas las velas, los barcos atracaban, saltaban á tierra marineros y cargadores frigios, egipcios, negros etíopes caro- ados de ríquezas, de todas las joyas, las preseas, los tapices, los vasos, las armas de una ciudadlan rica y grande como JMileto, saqueada con furor por sus eternos enemigos los samios. El jefe de la flota, Oxífanes, un viejecillo seco, de semblaiite puntiagudo, tan torpe en el andar por tierra que iba tambaleándose como borracho, subió á donde el rey estaba y en breves frases contó lo ocurrido. Los samios habían tomado a Mileto, y el solo había tenido que recoger el botín en sus barcos. -Pero- -repuso el descontentadizo faraón- ¿entonces no habéis peleado con la armada de los cretenses? Todavía tienes ¡oh Polícrates! enemigos terribles en el mar, mientras tu escuadra se entretiene eii transportar bagatelas. -Perdona señor- -le atajó Oxífanes. -Los barcos de Creta, sólo Poseidón, dios y arbitro de los mares, sabe dónde estaran: al doblar la barra del golfo Latmiaco vimos á muchos de ellos, perseguidos por los contrarios vientos hundirse, chocar entre sí á otros. Sabemos que la escuadra cretense ha quedado hecha añicos. Hemos estivado nuestros barcos con los despojos de Mileto, porque no teníamos enemigos que combatir. Extraña luz alumbraba, al oír esto, el rostro de Polícrates. El del monarca egipcio, por el contrario se ensombrecía cada vez más. o x j, ¡Oh dichoso Polícrates! -exclamó; -feliz entre los mortales; miedo me causas. ¿Cómo podrás sostener el peso de tantas venturas? a veo cernerse por cima de tu cabeza la envidia de los dioses, que no consienten á mortal ninguno gozar de la felicidad por entero. También á mí en otros tiempos me acarició la fortuna. Ayudáronme en mis empresas deidades tan poderosas como la tuya: Horus, el inmortal, puso en mi hombro su mano Tuve un solo hijo, único heredero de mi remo y de mi gloría. La envidia délos dioses me le arrebató. Todas mis posteríores venturas, ¿que valen, amargadas por aquel grandísimo dolor... Así tú, que ahora no sufres iii la más leve pesadumbretu, que eres feliz de pies a cabeza, en este mismo instante debes invocar á los dioses ó á los invisibles o- eniosdué para no confundirte con los diose. s, para evitar su ojeriza, para aplacar su cóle radespréndete de una parte de esa beatitud, de la que te parezca más grande, más honda, y serás fuerte contra las advei- sidades que te amenazan, porque volverás á tu humana condición.