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J: r fy V- -T- j V- f -i torio. Y el tirano sonreía, sonreía. En el lugar donde en otro. s tiempos se alzó la tribuna, liabía al presente dos hoyos no muy hondos, hechos para que en ellos afirmasen los pies los tiradores de barra, los discóbolos, los jugadores ele kótavos. El pueblo era feliz, tan feliz como el mismo Polícrates que lo gobernaba, tan feliz como los buenos esclavos de los amos buenos. Cruzaron la plaza dos ciudadanos pobremente vestidos: uno de ellos renqueaba, por ir calzado con una sandalia rota que dejaba pasar las chinas por los agujeros. ¿Ves esos dos hombres? -dijo Polícrates al faraón, -Pues así, como uno de esos era yo hace veinte años: un jitón desgarrado y astroso cubría mis carnes: duras sandalias de cuero de buey, toscas como las que gastan los cimmerios, me desollaban los pies... ¡y ahora! ahora todo cuanto alcanza desde aquí nttestra vista es mío, todo menos la cima del promontorio de Micala, que allá lejos, lejos se entrevé. Mi poder en estas tierras y en estos mares no hallará quien lo contra, ste, quien lo contradiga. Y todo ello se lo debo á nuestra divina protectora, á la hermc: a Hera, la de los blancos brazos, digna esposa de Zeus. Y al decir estas palabras, Polícrates besó con místico arrebato el anillo en cuya esmeralda estaba grabada la imagen de la diosa. El faraón escuchó con reposo tan arrogantes palabras; luego meció un poco los hoiribros y meneó la cabeza, á cuyo movimiento sonaron con áureo tintineo las grandes ínfulas triangulares de oro y pedrería que le tapaban las orejas y el collar que daba catorce vueltas alrededor de su pescuezo i obusto, y del cual pendía la figura de un ibis con las alas explayadas. Después, ceceando un poco, porque hablaba mal el griego, dijo en el tono sentencioso y magistral propio de un hombre descendiente de setenta generaciones de monarcas: -Verdad es, oh Polícrates, que los dioses te han favorecido. Con su ayuda lograste convertir en vasallos tuj- os á los que eran tus iguales: pero aún no debes ufanarte de tu victoria. Piensa en que los ojos de los enemigos ño tienen párpados, y tus ojos sí: por tanto, hay quien vela mientras t ú duermes. Si eres cuerdo, no dormirás tranquilo. Si eres discreto, no te sientes con tanta confianza en un trono levantado hace veinte años: el mío fué erigido hace dos mil, y... los dioses sólo saben... Interrumpió estas palabras un grupo de esclavos que rodeaban á un soldado samio, un psileta ó infante medio desnudo y que por toda arma llevaba al costado una aljaba de cuerdas retorcidas, vacía de flechas. El hombre venía fatigado: por su frente estrecha y ceñuda corría el sudor. En la mano traía un saco de cuero. Al llegar juiíto al rey, hincó la rodilla y dijo con voz temblona: -Haz, poderoso señor, que el humo de los sacrificios empañe la claridad del cielo: corónate y coronemos todos nuestras cabelleras con ramas de laurel y de encina. He aquí lo que por mandado de tu fiel quiliarca Polídoro, general siempre vencedor, te traigo como reliquia y trofeo de nuestra victoria sobre los efesios. Y vaciando el saco, extrajo de él una cabeza lívida teñida de sangre cuajada, los ojos abiertos, pegados al cráneo los mechones rubios. -Esta- -dijo Polícrates gravemente, reconociéndola despacio- -es la cabeza de mi mayor enemigo, Areteo de Mileto, y esto significa el triunfo de mi ejército de tierra. -Bien- -arguyo el faraón; -pero eso no es la victoria completa. Aún tienes lo mejor y lo más recio de tu poder, la escuadra confiada al azar de las olas; y quien su bien deja en el mar... Cortó estas palabras súbito é indistinto clamoreo que en toda la isla se alzaba. Callaron todos, suspensos, y á poco en la raya del mar se vio rozando las aguas algo como una bandada de grullas que avanzaban en triángulo.