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EL) ANlLobO DE POblGT ATES T 7 L tirano de Sanios, envuelto en una tiniica roja orlada de oro y bordada de perlas, desnuda la ca beza, rizados el pelo y la barba según el gusto asiático, paseaba por la azotea de su regia mansión, acrópolis de la blanca ciudad. Placentera sonrisa irradiaba en su rostro. Daba el brazo izquierdo á sii liuésped el faraón Amasis de Egipto y con la diestra se acariciaba los rizos de la barba, hundiendo en l a n i a s a de pelo negro, brillante y aceitoso la mano, y dejando correr por entre los bucles, como un insecto verde y brillante, la enorme esmeralda de su anillo, en la que un lapidario de Sardes había grabado con extraños y destructores líquidos la cabeza de Hera, esposa de Júpiter y deidad protectora de Sanios, una testa altiva de recto perfil, de ancha frente coronada de un disco radiado. El sol otoñal esplendía en el horizonte, calentaba el paisaje, doraba la atmósfera cargada con el aroma de las uvas moscateles ya maduras y de los higos rojos y dorados, de cuyos siconos colgaba una lágrima de néctar dulcísimo. Entre los edificios blancos de la ciudad, entre las alegres quintas que la rodeaban, fuera d é l a s murallas y en todo el óvalo inmenso d é l a isla, el suelo desaparecía bajo el verdor alegre de las parras y de las higueras, bajo el verdor plateado de los álamos blancos, de los chopos, bajo el verdor sombrío y solemne de los olivos y de las encinas. En torno jugueteaban, verdes y blancas, las ondas del mar Icario: enfrente, al otro lado del mar, se veía el promontorio de Micala, gigante sosegado y tranquilo que resguardaba la desembocadura del caudaloso Meandro y hacía frente á la espléndida Mileto. Al Mediodía se divisaban las formas confusas de las islas Espóradas, risueñas, hermosas como ur. coro de nereidas. La calma y la apacibilidad del sitio, la transparencia del ambiente, lleno de cantos inauditos modulados por aves ocultas y por el viento en las frondas, comunicaban á Polícrates y á su regio htiésped ese dulce optimismo propio de quien, seguro de su poder, hace sin trabajo la digestión de una comida suculenta y nada tiene que temer del mañana. Eran felices entrambos, hallábanse en un momento de perfecta beatitud, de aquellos pocos que los hombres poderosos podían gozar seis siglos antes del nacimiento de Cristo. No contento con la contemplación del cielo, de la tierra y del mar, Polícrates, requiriendo á su amigo, sin soltarle. del brazo, se arrimó á la balaustrada, desde la cual se veían las callejuelas angostas y pinas del pueblo de Samos. Quería atisbar lo que en aquel feliz momento hacían sus vasallos. Al tender la vista por el recinto de la ciudad, siguió sonriendo. El pueblo samio trabajaba. Cuadrillas de mozos cantarines y de garridas muchachas vendimiaban los parrones de los huertos: en las azoteas, viejecillos encorvados ponían á secar al sol los higos: por las callejuelas corrían arroyos negruzcos de agua tinta de lías y heces, procedentes de los albañales de los lagares: veíanse también algunos patios con el suelo cuidadosamente embaldosado y cubierto de una corteza blanquizca mate igual. Eran los secaderos d e la cera, riqueza muy principal de la isla. Iban y venían arrieros guiando recuas de lucios asnos, cuyas ancas parecían de plata, cargados con angarillas, aguaderas ó capachos de uva rezumante. El agora estaba desierta: los ciudadano. s samios eran poco amigos de discutir, la política no les interesaba. Tampoco había filósofos ni fastidiosos sofistas que entretuvieran á la gente con gárrulas y falaces peroratas. En aquella plaza pública de Samos no había tribuna para el orador, gradas ni bancos para el audi-