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L 9 RePüBucfl uh mmoR J UY olvidados tenemos, con notoria injusticia, á los pueblos de nuestra raza que I bitan el Centro y el Sur de América, ntre ellos, el más chico en extensión, pero no en cultura ni en valor, es el antiguo territorio de Cuscatlán, descubierto y ganado para España por el ilustre Pedro de Alvarado, y que hoy lleva el nombre de República del Salvador. Su población total, si hemos de creer á las estadísticas, no es superioi á la de la provincia de Madrid; pero con ser tan pequeña, el espíritu nacioPLAZA Y PARQUIÍ DE MORAZÁN nal está en ella tan desarrollado, como en v a r i a s solemnes circunstancias históricas lo han probado los salvadoreños, queriendo imponerse á los pueblos de Centro América y ser ellos cabeza de la confederación. Su héroe nacional, el infortunado Francisco Morazán, cuya memoria se venera en el Salvador, sostuvo en épicas luchas la supremacía de la pequeña República, y perdió la vida en la demanda. Almas turbulentas las de los salvadoreños, como es lógico y natural, pues habitan un país volcánico donde á cada instante sobrevienen horrendos terremotos, no dejan, sin embargo, de hacer cuanto pueden por el progreso de su nación. La población indígena constituye próximamente el 40 por 100 de Tos habitantes del Salvador. Son indios de piel bronceada, por lo general mansos y humildes, que viven pobremente cultivando la caña, el café, el tabaco y los cereales, principalmente el maíz, que es la base de su alimentación. La capital, San vSalvador, es una bella ciudad moderna, de casas bajas por lo g eneral, pues los terremotos destruyeron ios edificios antiguos. En ella se encuentran ya todas las comodidades y todos los refinamientos de la cultura europea; y hasta daría gusto vivir allí si no fuese por miedo al bamboleo. L L. DE IMERGELIZA UN RANCHO D E I N D Í G E N A S D E L SALVADOR