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Como no había otro camino que a d o p t a r D, Aniceto asintió á la propuesta y ambos salieron con dirección al estanco. Por el camino propuso el ricacho que en vez de despertar sospechas en el estanquero preguntándole si la moneda era b u e n s ó mala, lo mejor sería que pidiese su cajetilla como todos los días y pagase t r a n q u i l a m e n t e como si no se hubiera suscitado la menor duda sobre la p i e z a de plata. Todo se verificó con a r r e g l o al programa, pero apenas vio el duro el estanquero, cuando sin tomarlo dijo: -Bsta m o n e d a no pasa. ¿1,0 ve usted? -exclamó por lo bajo el panadero. ¿Pero por qué? -dijo con voz entrecortada D. Aniceto. ¿Es falso? -Falso precisamente... no- -contestó el estanquero; -como plata, es plata. D. Aniceto dio un suspiro de satisfacción, añadiendo: -Y buena plata. -Muy buena será- -continuó el estanquero, -pero no pasa. -Eso es u n a barbaridad- -exclamó D. Aniceto. -Si es buena, ¿por qué no pasa? El estanquero, sin exaltarse, explicó el caso: esamoneda estaba mandada recoger hacía muchos años; se habían dado prórrogas para hacer la operación, y por último se había cerrado ya hasta en la Casa de la Moneda el plazo para el canje. Todo eso le pareció á D. Aniceto un cuento ridículo; pero su enojo subió de punto cuando el estanquero le ofreció dos pesetas por el duro, como valor intrínseco de la plata en aquellos momentos. Aquello era un robo que se le proponía, y lleno de rabia fué á ver al juez municipal, al alcalde, paseando su duro por todo el pueblo y recibiendo de todos la misma contestación: ¡Eso y a no pasa! D. Aniceto creyó en un complot para arruinarle, y como uno de los que había consultado le había dicho que tal vez en la Delegación de Hacienda se lo tomasen, al día siguiente muy tempranito saliópara la capital de la provincia, que distaba seis kilómetros del pueblo. Allí confirmó su desgracia; hacía muchos años que la moneda había sido recogida; no pasaba en ninguna parte, y su único con. suelcc fué que un platero le ofreció nueve reales, uno más que el estanquero de su pueblo. Difícil es pintar cómo volvió D. Aniceto aquella noche á su pueblo: pálido, casi febril llegó á su casa, abrumado por la que era para él la más horrible de las desgracias. En su tosco cerebro no entraba l a razón que pudiera disminuir de tal modo el valor de la plata. Llorando amargamente, examinó una por una todas las monedas: la mayoría eran iguales á la que había pretendido cambiar; muy pocastenían cuño diferente. Aquella noche la pasó en vela; no podía dar crédito á una cosa que le reducía tan brutalmente su tesoro; todo el mundo debía estar equivocado, y en cuanto amaneciese iría á ver al señor cura, la única persona decente que había en el pueblo; á él, que era el poseedor de su secretO le contaría sus cuitasy le expondría de qué manera parecían haberse puesto de acuerdo muchas personas para arruinarle. Apenas en la iglesia sonó la primera campanada del alba, cuando D. Aniceto se echó á la calle é hizodespertar al cura, que todavía se hallaba en el lecho. Allí junto á la cama y como quien confiesa u n pecado grave, refirió lo que le ocurría, calificando d j ladrones á todos los seres humanos y exponiendocon cifras exactas la cantidad que según él le robaban. El cura, con tono dulce, le repitió lo que todos le habían dicho y trató de calmar su furia: no se trataba de ladrones ni de robo; los gobiernos varían el cuño y la división de la moneda por una porción de razones que eran largas de explicar, pero daban plazos para el canje, y nadie tenía la culpa de quelos ciudadanos, por ocultar su dinero, dejasen pasar los plazos y guardasen la moneda antigua enterrada; la plata subía ó bajaba de valor como todas las cosas, según las exigencias del mercado. ¡Si lo hubiera tenido en oro! -exclamó D. Aniceto, completamente aniquilado. -Al oro le sucede lo mismo: puede bajar también. -Pero entonces- -pregunto D. Aniceto, ¿en este mundo no hay una moneda de valor seguro parapoder vivir? -Yo conozco dos. ¿Cuáles? -contestó D. Aniceto poniéndose en pie, como si fuera á buscarla en cuanto le diesea noticia de ellas. -Para esta vida, el trabajo; para la otra, la caridad. E M I L I O SÁNCHEZ P- DIBUJOS DE XÉNDEZ BBINSA