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s u misióa en la casa y se despMió con una- sonrisa burlona inspirada por el concepto de superioridad que de sí mismo habia formado al ver lo victoriosamente que había rebatido las razones del cura. Ya en la puerta, éste no pudo contenerse y le dijo: -Ya ve usted que nada digo contra la avaricia, pero la Providencia da lecciones á lo mejor con los hechos para que éstos puedan llegar á donde la palabra no alcance. D. Aniceto no entendió estas frases y continuó sonriendo, y sin volverla cabeza siguió rápidamente á su- casa para pasar revista á sus monedas. Qué tonto es- -pensaba- -este señor cura; arriesgar el dinero para que se reduzca á la mitad cuando menos se piense. ¡Jamás! El único peligro sería el del robo, y en este pueblo no hay ladrones, á Dios gracias. Y con estas reflexiones acompañaba el entretenimiento de apilar monedas, que casi todas eran duros, y que al deslizarse entre sus manos vibraban con el sonido más agradable que D. Aniceto había escuchado en toda su vida. D. Aniceto, que sufría grandes estrecheces por no tocar al tesoro, había ido viviendo, como hemos dicho, del producto de las ventas de las pequeñas fincas que había heredado; pero este dinero llegó á su término y fué preciso ir pensando en tocar á las monedas escondidas. Esto 3- a lo tenía previsto D. Aniceto, y no le inquietaba ni poco ni mucho; no era de esos avaros que atesoran para dejar á sus sucesores una fortuna; con las monedas guardadas tenía bastante para vivir él, aunque Dios le concediera larga existencia, en el momento en que se le acabase el producto de las ventas, cosa que le sucedería siendo ya viejo. No se engañó en su cálculo; perfectamente meditado y previsto su plan para vivir sin trabajar, le llegó el momento de gastar la plata heredada cuando ya estaba en los cincuenta años de su existencia. El día en que había de inaugurar el gasto de lo ahorrado, tomó un duro de los que apilaba simétricamente todas las noches y se dirigió á la panadería para cambiarlo. ¡Pobre de mí- -iba pensando- -si sigo los consejos del cura! Si yo hubiera empleado este dinero en renta, tal vez lo hubiera perdido ya todo ó se me hubiera quedado reducido á la mitad. Nada de negocios: la moneda contante y sonante, ni se gasta, ni se la comen los ratones; está siempre viva y siempre con su valor. ¿Para qué querría el señor cura meterme en tales líos? Con estas reflexiones llegó al horno donde compraba todos los días un panecillo y dio en pago la reluciente moneda, mirándola con ojos cariñosos. El panadero cogió el duro, lo miró atentamente, lo hizo sonar entre el suelo, lo refregó entre sus dedos, trató de doblarlo con los dientes, y por último llamó á su mujer para que lo examinara. D. Ar iceto observaba todas estas operaciones lleno de sorpresa y sin atreverse á preguntar la causa de tan minucioso examen. Por el pronto, atribuyó á ignorancia del panadero a q u e l escudriñar y aquel sobar la rjoneda tan insistentemente. La mujer del panadero fué más breve en su juicio. ¿De dónde h a sacado usted ésto, D. Aniceto? -dijo d e s p u é s de mirar el duro. ¿Y á usted qué la importa? -contestó ya impaciente el avaro. -Ese ha salido de donde todos, de la Casa de la Moneda. -P u e s acuérdate- -dijo la mujer á su marido- -que en la feria de ¡Medina, el año pasado, nos r e c h a z a r o n uno igual cuando fuimos á comprar trigo. ¿Pero creen ustedes que es falso? -dijo don Aniceto, lívido ante una i -K- 7- contingencia en que ja V- y í -más había pensado. -Yo no lo sé- -dijo el panadero, -pero ésta tiene razón: nos rechazaron uno igual en todos los comercios de Medina! A los chicos se lo dir. os para que jugasen, y ya lo deben haber perdido. -Pero no sería como éste, -replicó D. Aniceto, furioso. -Pues yo no me atrevo á tomarlo. -Si llamo al juez, lo tendréis que tomar a l a fuerza- -gritó D. Aniceto; -para vender, harr que entender de moneda. La mujer del panadero, q ue era muy suelta de lengua, iba 3- a á hartar de de. svergüenzas al avaro, cuando el marido, para que el asunto terminara en paz, propuso un expediente fácil y breve. D. Aniceto compraba todos los días tabaco, y el estanquero era el único hombre d e l p u e b l o que entendía de monedas; lo mejor era que fueran ambos al estanco y allí sabrían de cierto si c- 1 duro era br. cr. o ó ícAzo. -S