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hh ivroHB: t) A CUENTO ECONÓMICO Í UANDo una pertinaz sequía produjo en el pueblo del Robledal el hambre más espantosa, el cura párroco, que era un bombre caritativo en extremo, se decidió á pedir limosna de puerta en puerta para dar alimento á los infelices iDraceros. El acto de aquel sacerdote impresionó al vecindario profundamente, y m u y pronto pudo p o n e r s e en la casa parroquial una especie de rancho con el que por lo menos una vez al día satisfacían su voraz apetito una porción de desdichados trabajadores. Algunos se negaron á prestar el más leve auxilio á la. desgracia, y entre éstos figuraba uno que pasaba por ser hombre muy rico. Se llamaba D. Aniceto y poseía muy pocas tierras, que iba vendiendo poco á poco para alimentarse malamente y vestir como el último pobre de la comarca, pero la opinión le atribuía una mde en metálico y enterrada en el patio e defendía de las públicas acusaciones de que era objeto, pero el hecho de negarse á dar un solo céntimo para la comida de los braceros, hirió de tal modo el alma sencilla del buen párroco, que se propuso averiguar la verdad y limpiar del pecado de la avaricia á aquel feligrés. Cuando la calamidad pasó y la esperanza de una buena cosecha volvió la alegría al lugar, fué cuando el cura se decidió á dar el golpe, y una mañana, temprano, cuando D. Aniceto salía dé misa, le hizo entrar en la casa rectoral y de la manera más cariñosa posible empezó á censurarle su avaricia, que debía ser grande, puesto que todo el mundo le atribuía un repleto afo. D. Aniceto, creyendo que se trataba de pedirle dinero, juró y perjuró que no tenía un céntimo ahorrado, pero cuando por el curso de la conversación se convenció de que no se trataba de semejante cosa y que aquella conferencia era una especie de confesión que llevaba aparejado el correspondiente secreto, se declaró sincero, y una vez que veía cerrado su bolsillo, abrió sin inconveniente su pecho. Tenía dinero, mucho dinero enterrado en un lugar de su casa que á nadie diría jamás. Todo su tesoro se componía de monedas de plata, unas heredadas de su padre y otras producto de su ahorro. Guardaba el dinero por si un día le hacía falta, y no daba á nadie un cuarto de limosna porque tampoco pensaba pedirlo él jamás, para lo cual conseri -aba y aumentaba su bolsa con exquisito cuidado. Y cuando hubo terminado su confesión, cerró el período con esta frase: -Y ahora hágame usted u n sermón sobre la avaricia, que no me va usted á convencer. El cura le escuchó asombrado, y las últimas palabras hirieron vivamente su amor propio como sacerdote. ¡No convencer él, que hablaba en nombre de principios incontestados y de verdades eternas! Contuvo el débil enojo que su bondadoso carácter era capaz de sentir, y con la mayor calma replicó á D. Aniceto: -No voy á hacer sermón ninguno, puesto que usted no quiere oirlo; al contrario, voy á que usted me explique cómo teniendo ese dinero no ha tratado de multiplicarlo. D. Aniceto abrió unos ojazos terribles: no se trataba de pedirle nada, y por añadidura se le excitaba á aumentarle. ¡Cómo! -exclamó lleno de curiosidad. -Pues comprando papel del Estado- -dijo el cura, -tendría usted el 4 por 100 más de ese dinero todos los años, y j a había algo para los pobres. D. Aniceto soltó la carcajada. ¡Qué inocencia la del párroco! Eso ya lo sabía él de sobra, aunque fuera tan ignorante que apenas si podía deletrear un periódico; pero el papel baja á lo mejor y luego viene una guerra y no se paga el cupón; jamás expondría su dinero á tales riesgos. ¿Y en acciones del Banco Agrícola que se ha fundado en la capital? -añadió el cura. -Puede quebrar, -contestó D. Aniceto. ¿Y en tierras aquí mismo? Algo quedaría para los desvalidos. ¡En tierras! Los años malos, la inundación, el granizo, todo eso se pierde en una hora. No se canse usted; lo más seguro es lo que yo hago. El metal siempre es metal, la plata siempre es plata. El cura ya no supo qué argumentar, y como había prometido no hacer un sermón sobre la avaricia, varió de conversación; pero su pensamiento no se apartaba de la frase última de aquel hombre y en EJi mente repetía aquellas palabras de que la plata siempre era plata D. Aniceto, cuanao vio que la conversación se ijccía indiferente, comprendió que había terminado a