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píivos reales iri jados, los faisanes, líis altivas íjarzas la nfopéndolas, los multicolores papagayos, los ÍLTÍUCIICOS purpúreos, se alinEarou en lo alto de los muros y allí (icsplcírabaii sus cnlns, liencbiaTi la plumazón sedoíi: i fie sus gaffííintas, erguían sus penachos, alisaban los abanicoíi de sus alíis, mientras los pájaros míis pequeños, las marU píísas, los esmaltados escarabajos y l ¡is libélulas, salpicaban el oro y la plata de gola de colon Por los escalones de mármol rodaban calaratoí de rofias, y al final de la escalera, allá en lo alto, aparecía Salomón, erguido sobre su áureo trono- Hl rey cubríase di púrpura y su barba negra c ¿iía rizosa s brc el ptchti anclio 3 fuerte. La. nari c aguilena separaba las luces de los ojos rjue en aquel instante aprestábanse á contemplar la más sublime hermosura, que se aproximaba, anunciada á lo lejos por el brillar de picas y de lanzas. Las masan enormes de dos elefantes blancos aparecieron en el e treino visible de la alfombra, y tras aquellos viéronse muchos más. que en multitud gip antesca se acercaban pausadamente, balanceando lüs trompas serpentinas, haciendo entrechocar las placas de acero de sus coliaras y sonar los caücabelcs de oro de sus adornos. Sobre los lomos de aquellas vhncutes rocas se aleaban lijíeras torres de marfil, y desde ellas, esclavos etíopes vertían raudales de perfumes. ímprefiTiando la atmósfera de fragancia de nardo. S e r í a n á los elefantes tropeles de ululas y cebras ricamente enjaezadas, que porteaban sacos de seda Henos de incienso, de cinamomon de aloe y de sándalo. Seguían á aquellos pebeteros ambulantes una Tuilchedumbre de sicr -os, vestidos como reyeSf que sostenían canastillos de oro, repletos de rubíes, de j a d n tos. de berilos, de calcedonias y de topacios. Apaj ando los fu! i; orc 5 de las piedras y esparciendo su ivísimo olor, pasaron luego centenares de esclavas muy hermosas, que llenaban us manos con haces de flores. Todos desfilaban impasibles ante ñaiíhmóji, sin admirar las murallas ni los monstruos. Cuando lodos pasaron quedó el tapiz vacío por un momento, y después, en la lejanía, apareciiS una mancha blanca- Conforme se aproximaba, precisáronse más sus contornos y se señalaron las lineas irisadas de ui carro dc nácar, claveteado de perlas. De él tiraban dos albos unicornios que sacudían con or uHo la crin arg entina y hacían brillar, con los inovimientos de sus caberas, los enonncs diamantes qnc incrustaban las únicas astas de sus frentes. V dentro del carro, apoyada en montones de azucenas y de lirios, lícllvis aparecía, eclipsando con su belk- a los esplendores que la rodeaban. La nieve de una túnica vestía su cuerjjOj y más blanca que cuanta blancura la avecindaba, sólo rompía la purísima nionolunia de su tei y de su traje con el lucir tenebroso de un colosal brillante ncero que fulgía sobre su frente y con la linca de un collar de azabache que cercaba su garj anta, cayendo decide alb hasta ios pies desnudos en rosario de cuentas chispeantesAl ver a líelhis, aquietáronse los monstruos y los eppírituSj las aves esponjaron í; j. tisfechas su plunjaje. y las mariposas y las libélulas, abandonando las miiralías, se arremolinaron en ti mo de aquella flor Mas la reina de Sabá nada vio. Desdeñando sus miradas aquellos portentos resbalarou sobre las preciosas paredes, sobre la luminosidad de las piedras, sobre el suave mati de las sií iieron la línea purpúrea del tapiz, y ascendiendo por los escalones de niánnol, detuviéronse exlátieas en el rostro del rey. Y ste, sin ver el fausto qUe cercaba á Belkis, tampoco apreció el dulce reflejo del nacarino carro, n ¡admiró los unicornios, ni cegó sus ojos con el centellear de los diamantes, y los dos, el señor de Jerusalén y la reiníi del Mediodía, despreciando cuanto no fuera el íjumo saber y la hermosura perfeclH. se admiraron uiuLuamünto. III Los días pasaban para Belkis felices y rápidos. Departiendo con Salomón por los verjeles reales, sondeando con él la infinita profundidad del espado donde las estrellas se ocultan, esclareciendo misterios, interrogando i los vientos sojuzgados que narraban álos rej cs leyendas de lejanos países, veía Belkis desli arsíí las horas. Y poco á poco, como si la ciencia compartida üoHase su voluntad á la del monarca, Bcltis unía sus peusamientos y sus deseos A los de Salomón, El amor, dueño de lodos los humanos, avasallaba lentamente á la reina, quien sintió despertar su corazdu.