Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L h n l c í n se cernió tm Itistantc, dejÓ c; ier el mensaje en el r t a z o de la r t i n a B e í t i s v h i 6 rj ipU dainonte. Ua r d n a de tiabá, llena d e aüumbro le vio marchar y perdcriie en la intcn; clatidad ntcnsa del sol; tornó luego s u s ojos al papiro, y dcsenroUliidnlo leyó S a l o m ó n hijo de David y servidor del AUisímn. A líelkis reina del Mcditidia: Kn Tinmbre del Dio d e Misericordia, le saludo, oh. señora del reino de tiabA que brillas en el m u n d o cnmo el d i a m a n t e en l a diadema! Los vientos, q u e s o n m i s servidores, y las aves, q u e son esclavas mías, m e h a n canl. -i. d o t u hermosura y tn saber. Ansio conocerte, reina Belkis. Acude Á Jernsalén; j u n t o s descifraremos enignms, j u n t o s i n t e r r o g a r e m o s el cielo y la tierra. Mis ojos gozarán de lu belleza, mi i n t e l i g e n c i j gu itürá de la t u y a En nombre del Dios Todopoderoso, accede á mi invitación. Sé dichosa. Dejando r o d a r la misiva al suelo de la. terraza, Belkis apo la barbilla en u n a de sus manos y m e ditó. Sus ojos n e b r o s escrutaban l a inmensa llanura sábca. q u e se esfumaba á lo lejos entre torbellin o s d e polvo, bajo l a irradiación calcinadora del sol. Cerca del palacio, p a b n e r a s y sicómoros inclinaban Kus r a m a s inertes sobr la laza m a r m ó r e a d e un estanque, d o n d e dormitaba filosóficamente u n a cigüeña, enrojeciendo la blancura de su vientre con el repliegue coralinn de u n a d e s u s patas. T a reina se decía: Las brisas y los píijaros esparcen mis alabanzas, K m u n d o entero sabe que s o y bella y sabia. El mismo Salomón, s u m o poder, e celsa sabidurian me r u e g a le visite. También yo ansio conocerle, pero temo q u e á su vista se aiejí dc mi espíritu la grata paz de q u e ¿u ¿o. Temo que lUi cora KÓn se desasosiegue a n t e u n h o m b r e dij no d e él, distinto d e esta t u r b a v u l g a r q u e ule rodea c o m o las a r t n a s d la m o n t a n a Mas n o lie de enterrar mi h e n u o s u r a entre mis subditos, q u e la adoran sin comprenderla. Mi inteligencia sutil puede reíiuarse aún más, l j o s d e mi el temor. E n las inmensidades celestes, los astros más bellos no son loa que agujerean quietamente el negror de la nocbe, sino los q u e se mueven de iin extremo á otro del infinito, arrastrando colas llaineauteSn ciñendo esplendorosas coronas. Sea y o como ellos. No permanezca inmóvil, luciendo con r splaudor monótono y débil. Abandon o mi ó r b i t a y a c u d o á ti on Salomón! 0 h sol q u e me atraes! Belkis se alzó del trono d e mariíl que ocupaba. T r a s ella se desplegó su v t i d o espumeando en remolinos de ligero tejido verde. A n d u v o alj tmos pasos; su cuerpo se erguía cimbreante y joven bajo la t ú n i c a q u e le ocultaba. Los h o m b r o s descubiertos emergian de ía glauca tela cual u n a azucena entre el pálido verdor de las hojas tiernas, y el cuello delgado sostenía con orgullo la cabeza más hermosa q u e los siglos vieron. En aquella flor áit belleza los ojos profundos inquietaban como el mar, los rojos labios atraían como la llama, los cabellos revolaban inquietos y aéreos y la te blanqueaba purísima, con reflejos de nieves y IransparencinV- d t pétalos. Ciiantos portentos, g r a n d e z a s v maravillas existen en el Universo, parecían híiber besada iiqucl rostro perfecto, y en el se a m a l g a m a b a y fundía lo mAa inconexo y heterogéneo, el aire y l a tierra, las flores y el fuego. i T h a r m e l Ancinoh, camaristas, esclavoSf ministros, servidores míos. Aquí todos. Beíkis os llama gritó la reina palmoteando. P o r las p u e r t a s q u e comunicaban la t e r r a j a con el palacio apareció multitud d e síer os. Corriendo 6 e precipitaron hacia la soberana, y lU- ados á cierta distancia, cayeron todos de rodillas.