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í- í 5 Kr, L. -sí. i F u i á su madre y le dije; -Carrucho va á navegar. -Y ella me responde: -Si es con usted, que navegue. Cuando le dije al trarrticho que iba á ser navegante del Covadonga, abrió la boca, abrió los ojos, las ventanas de la nariz, toda su caraza se abrió. Yo rompí á reir. El decía: ¡En Í Covadonga! ¡En el Covadonga, Dios! ¡De máquina, vapor y dos chimeneas! Creí que la boca, la nariz, los anchos respiraderos del Carrucho no volvían á cerrarse más, abiertos como estaban de par en par, aspirando una chorretada de alegría, olfateando vida marinera... Cada vez que me acuerdo me parece tenerle delante de mí. íbamos en que los golpes de mar nos barrían la cubierta y en que Carrucho, que era grumete, vino despavorido á metérseme entre los pies. Fui á disponer una maniobra, y le vi agazapado como un perro estorbándome el paso. ¡Quita, bruto! -le grité. ¿Tú qué pensaste que era navegar? No di tiempo á la respuesta; de una empellada le eché á rodar escalerilla abajo. En el mismo instante que rodaba el Carrucho, un golpe de ventolera nos troncha el mastelero del mayor. Cayó el palo sobre cubierta, casi encima del Carrucho; no le mató, pero el grumete, enredándose entre los obenques, vuelve á gatear escalerilla arriba, y vuelve á metérseme entre los pies, pegándose á mí como lamprea. ¡Orza! bramé yo. -De esta vez el empellón le arrojó contra una rinconada del puente. Vi un momento su cara, la misma caraza de pasmo que cuando le dije: Navegarás en el Covadonga Y á todas éstas la cosa fea, cada vez más fea, y el Carrucho me distraía, me estorbaba el mando de la nave. Lo cojo, lo levanto, resuelto, completamente resuelto á tirarle á la mar. Ni se defendió. Pero no sé cómo ni por qué, me acuerdo entonces de cuando íbamos tú y yo á comer los arenques de la Carrucha, en el Escabón, y acordándome de esto, en vez de arrojarle por la borda, le meto en el pañol del puente, cierro y doy vuelta á la llave, para que no estorbe más. Media hora después, estábamos sin gobierno, con los masteleros rotos... si zozobramos, si no zozo sramos. Se arrían los botes. La tripulación salta á ellos; yo quedé solo; tuve que saltar también. Allá quedaba el Covadonga escorando de popa. ¡Allá quedaba... Mi bote empezó á alejarse; quiere decir, le llevaban los maretazos á donde querían. Bogar, ¡quién bogaba allí! íbamos diez ó doce tripulantes; de pronto que uno grita señalando al Covadonga: ¡Allí queda un hombre! Carrucho -dije yo cortando la palabra de mi amigo Braulio Récacho. -Carrucho- -me respondió; -Carnicho, que por el ventanuco del pañol sacaba el brazo y agitaba un pingajo. Quisimos acercarnos; quisimos bogar; quisimos poner proa al Covadonga; quisimios... quisimos... Perdimos de vista al Covadonga; perdimos de vista el pingajo del Carrucho. FRANCISCO ACEBAL DIEUJOS DD J. lI. -r. TtNXZ l; i. Di; S