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M s: v í H. z J í -SsK- íí EL, eAHHOCJiO A L verme, después de cinco años de ausencia, en mi pueblo costero, en mi casa frontera al mar, entre los míos, por quien pregunté ante todo y con pregunta tenaz fué por mi amigo Braulio Recaclio. Habíamos sido camaradas hasta que los azares de la vida me arrastraron á mí tierra adentro y á él mar afuera; quiere decir que mis ambiciones me llevaron á la corte, lejos del oreo marino, mientras que á Braulio su carrera de piloto le llevó á navegar los mares. Desde la infancia fué cosa patente la oposición de nuestro rumbo, hasta que un día desaparecimos de Rañeces, él metido en un cachamarín y yo en una diligencia. Braulio marchó dando tumbos sobre las olas y yo dando tumbos también sobre la hoyosa carretera. L OS de mi casa respondieron que Braulio Recacho estaba en Rañeces, que y a no navegaba, que su carácter chancero había virado en redondo, trocándose ceñudo, y la casa naviera que le utilizó antes para capitanear vapores le tenía ahora por lástima ó de limosna amarrado á un escritorio, como nave inservible que se vara en un rincón del puerto. Aquellas revelaciones fueron ese acíbar que nos envenena las más sanas alegrías. Ya no gocé yo á gusto la vuelta á mi pueblo, la entrada en mi hogar. En la existencia de Braulio olfateaba un drama terrible y obscuro de los que tronchan y desgarran la vida, aunque eíta vida sea como la de Recacho, áspera y dura. Vinieron á mi memoria trágicas narraciones de la profesión marineresca, y aquella noche dormí con sueño, cortad o. A la mañana siguiente fui en busca de mi amigo. Recacho no era el hombre que yo había conocido: su barba negra estaba encanecida; su faz casi cobriza, tostada, tenía la verdosa palidez de los enfermos del espíritu; sus ojos, antes brilladores, los vi mortecinos. Recacho no era el hombre que yo había conocido. De calle en calle, dimos en el puerto, remontamos el malecón, y sentados cara al mar, mansamente, suave y mañero, le arranqué el caso. -Pues nada- -me dij o, -cosas de la vida... de la vida marinera. Que una vez, navegando, navegando... Tú sabrás que yo mandaba el Couadonga. Pues, mandando el Covadonga, íbamos de cabotaje; cosa de juego; tiempo bonancible, mar bella... De pronto que viene una. mano de viento y otra mano después y otra luego, arreciando todas, y que la mar se engruesa y comienzan las guiñadas y los bandazos y comenzamos á embarcar agua. Total: temporalazo duro, cosa fea, pero íbamos avante, barloventeábamos bien. Ivos maretazos nos barrían la cubierta de borda á borda, cuando en éstas Garrucha, que era el grumete, amedrentado, despavorido, viene á metérseme entre los pies. Al Garriicho lo había embarcado yo. ¿Te acuerdas tú de Garrucha, la que nos preparaba los arenques cuando íbamos al Escabón á merendar en el bote del Chínelo? Pues hazte cuenta que era un hijo de Garrucha, un píllete de trece años, tirado por los botes, en las ramblas, en eterna espera de uno de esos castella 7 tos que echa una peseta al mar por ver á los rapaces desnudarse, tirarse de cabeza, bucear á lo somormujo y sacar la pesetuca entre los dientes. Un día le tropiezo y le pregunto: ¿Tú quieres navegar? -Y él me responde: ¿Navegar, navegar? Yo quiero, mi madre no quiere: mi pac acabó en una navegación.