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os en la dura piel las molestias físicas que se le proporcionen. De las banderillas no Se pasa, y éstas con señalar el golpe cumplen su misión; los rejoneadores no lo son ni aun á primera sangre, y con ó sin pegadores, el toro, en la mansa compañía de los cabestros, vuelve al corral para entregarse á las labores propias de su sexo... Lo característico, lo típico del toreo portugués, corre á cargo pegadores y rejoneadores. Capeado y casi banderilleado el noble bruto, los pegadores entran en funciones. Le citan, le alegran, le llaman la atención, por si no basta para que el toro se fije, con sus fajas y sus gorras rojas ó verdes. Y en apretada fila, de uno en fondo, aguardan la acometida. El delantero da algunos pasos, y á pecbo limpio recibe, cuando no sortea ó aminora, el golpe del testuz ó la caricia de los cuernos, que, por fortuna, van embolados convenientemente, y á ellos se agarra y forcejea y lucha pretendiendo derribar á la res, y ayudado por sus compañeros que la empujan y colean por si con ella dan en tierra. A veces lo consiguen, pero antes ya rodaron slguxíos pegadores por el suelo, pisoteados y maltrechos, mientras el caporal vuela por los aires ecade como corpomorto cade, que decimos los italianos. ¡Verdaderamente que este sugestivo combate tiene muy poco de artístico, aunque nos recuerde las hazañas de Hércules! Tal vez en él encuentren los super- hombres un motive para elogiar al hombre fuerte y censurar, de paso, al toro débil... Artístico ó no, ello es que el espectáculo les gusta á los por- SALIDA D E LAS CUADRILLAS DE LIDIADORES Y DE LOS CABALLEROS EN PLAZA tugueses, que lo piden á gritos mucnas veces después de ser rejoneado un cornúpeto, y que en él toman parte en touradas de aficionados, jóvenes de distinguidas familias... ¡Allí como aquí! Este puede ser un argumento en favor de la suspirada Unión Ibérica. Los rejoneadores, en cambio, son siempre un número vistoso, atrayente y artístico de veras en la tourada. Excelentes jinetes, de arrogante figura, gallardo aspecto y pintoresco traje, ejecutan sus lances con rapidez y seguridad, ágilmente, con ojo certero, con verdadera maestría, en suma. En un par de vueltas á la plaza, sujetando al caballo que corre orgulloso y cabecea bizarramente, la capa ondeante, el sombrero en la mano prodigando saludos, el rejoneador conquista á su público. Y luego le entusiasma al esquivar su caballo de las iras del toro, al citar á su rival y al señalar el rejonazo, burlando su ciega acometida... ¡Es lástima que lá ley no le consienta pasar de sus amagos! Aquí, en Madrid, hemos visto diferentes veces, y todos lo recuerdan, caballeros portugueses rejoneando, de veras y rematando la suerte ITOJ ÍO ¿aí ro Míroííw, que dicen los clásicos. El rey de Inglaterra, que como buen inglés es aficionado á caballos y caballeros, habrá admirado seguramente á los jinetes portugueses que rejonearon en la tourada regia que en su honor se celebró en Lisboa. Y habrá admirado también la pompa y magnificencia de su presentación: magníficas carrozas, soberbios caballos, trajes vistosos, plumas agitadas por el viento, libreas espléndidas, ¡un cuento oriental como si dijéramos! Y los saludos y ceremonias que sirvieron de prólogo al simpático y artístico número, gustarían sin duda á su Graciosa Majestad. ANSELMO MARTIN FOTOGRAFÍAS DE NOVAES