Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
del pobre niño; éste, amedrentado y encogido, se resguardaba con su madre durante las noches. en el rinconcillo de los trapos, y por él día respiraba el humazo espeso de los troncos resquebrajados por el fuego. La Arisca, aunque temía vagamente por la salud de su hijo, no dejaba de llevarle al pueblo todos los días: le. arropaba mucho, y apretándole contra su pecho, ¡hala! ¡hala! no les impedía el viaje ni cierzo ni nieves... ¿Había de dejarle solo? Una noche, en las mejillas del niño se reveló la fiebre y quedó amodorrado. Al amanecer se revolvió inquieto en la cama, agitó uno de los brazos, y entreabriendo la boca, murmuró muy quedo: ¡Chivito! Deliraba... La madre fué á besarle y se aísustó al sentir el roce de la piel ardiente bajo sus labios... Después, cuando el niño, con la cara hacia la pared, parecía dormido, se levantó ella, le envolvió en una mirada de amorosa angustia, se anudó un pañuelo á la cabeza y salió en silencio La montaña, bañada por los rayos del sol, recibía las caricias de la primavera naciente. La Arisca descendía muy de prisa. ¿Adonde iba. No estaba muy segura... Al pueblo... ¿No era verdad que su hijo estaba grave? Pues que lo curasen. Los meicos ¡pa qué son? La infeliz pensaba todo esto, monologando mientras andaba, incierta... sin voluntad... empujada po. r impulso vesánico. Pero ¿por qué había de estar grave el niño? ¡Delgaducho siempre lo estuvo! ¡Y qué! ¿no viven así muchos niños? Sí que tenía calor... ¡mucho calor en la cara! pero como le había echado encima tanta ropa... Con este incesante ajetreo de su imaginación exaltada, se aproximaba al valle; y al descender la última colina vio un rebaño que pacía alegremente, desparramándose por las estribaciones del monte; en primer término, una hermosa cabra tenía entre sus patas abiertas un chivo blanco. La Arisca se detuvo sacudida por un recuerdo... La primera, la única alegría de su hijo... Se quedó pensativa mirándolos... ¿Y por qué no? -se dijo. ¿Qué es lo que él quiere? ToaOT a pensaba en ello estanoche... ¡Si no h. 2 pedio más! ¡Si no nesecita otra cosa! ¿Por qué no ha e llévaselo su madre? No vaciló; no pensó si era suyo, ni se cuidó de que pudiesen verla... Lo pedía su hijo. Y si es verdad que el delito afea, ó no lo era aquello, ó Dios lo perdonaba; porque la Arisca en aquel momento, iluminada por la luz del sol en la entrada del campo abierto, con su saya cimera recogida á la cintura y sujetando al mamoncillo como un tesoro codiciado, estaba hermosa por la primera vez en su vida. Sin oír los lamentos de la cabra, que entristecían el valle, la Arisca subió corriendo, en venturosa ascensión, hasta la covacha. Cuando llegó no podía respirar apenas... más por la emoción que por el cansancio. Entró muy despacito, entornó la puerta, y dejando el chivo en el suelo se dirigió de puritillas á la cama. El niño permanecía en la misma postura, con la cara hacia la pared, inmóvil... y la Arisca, zi acercarse á él, se detuvo con terror invencible... ¿De qué? ¿Presintió acaso que sus ojos se cerraron para siempre? Este pensamiento la hizo creer en un castigo de Dios, y cayó de rodillas, balbuciendo con unción infinita palabras entrecortadas por el llanto: ¡Perdóname, Dios mío! ¡Yo lo he hecho por mJ hijo! ¡Tú lo sabes! ¡Sólo por mi hijo! En aquel instante la puerta se entreabrió, arañada bruscamente por fuera. Asomó una cabeza roja, con cuernos muy largos- -que á la Arisca parecieron los del mismo demonio, -y dos ojazos tristes que exploraban con angustia el fondo de la cueva... Un balido lastimero y prolongado retumbó como un trueno en las paredes de granito... Y el chivito blanco salió triscando detrás de s- a madre. L u i s GONZÁLEZ GIL niRUJOS DE REGIDOR