Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Cuando 3- a avanzada la primavera, comenzó la luz del sot caldear la corteza de la sierra, la Arisca sacaba de la covacha la cunita heclia con refajos de colorines, y permanecía mucho tiempo embobada en la contemplación de aquel monigote de ojos azules y carnes finas y blancas como las de un señor. El pequefiuelo miraba con indiferencia á todas partes, y la Arisca con cluía por comérselo á besos. De vez en cuando algún cuervo cruzaba por delante de la cuna, rozándola con sus alazas negras; el niño rompía á llorar atemorizado, y la madre llenaba de improperios al gran ladrón. Como tenía que bajar todas las tardes á la aldea para comer al día siguiente, era cosa de verla ir y venir con su hijo colgado del pecho, cruzando cañadas, rodeando simas y saltando sobre los peñascos, ágil como una cabra, feliz y orguUosa como una reina. A los tres años el niño no acertaba á correr; sus piernecillas débiles no le servían en aquel suelo accidentado y rudo... No parecía hijo de aldeanos, engendrado y nacido en una abrupta montaña: los cabellos rubios, la nariz afilada y la extraordinaria delicadeza de todo su organismo, hacían pensar en un frágil muñeco de porcelana, animado con un soplo de vida... Hubiera sido muy bello si pudieran aunarse la hermosura y la miseria. Pero no desmentía su raza en el temperamento: nada quería, nada admiraba; ni siquiera cuando, al bajar al pueblo, veía juguetes en manos de otros niños más afortunados, demostraba envidia ó deseos de posesión. Sólo una vez... Fué una tarde de los primeros días del otoño. La Arisca, con su hijo en brazos, descansaba en un altozano del valle, al regreso de la aldea, y vio acercarse u n rebaño que el pastor conducía á la majada... -Mid tú, lucero... las cabritas, -dijo señalando al cardizal por donde se extendía el hato con bullicioso cencerreo. El pequeño irguió la cabeza con infantil curiosidad, y extendiendo un dedito descarnado y mugriento, balbució: -El... chivito... -Sí, sí... ¡el chivito! ¡el chivito! ¡Mid el chivito! -repetía la madre mientras el niño, iluminado por una sonrisa, seguía con sus ojos los impetuosos saltos de un cabritillo. Y entre la Arisca y su hijo se entabló un pugilato de insistencia cómica; ella mirando al niño y el niño mirando al rebaño, se quitaban la palabra de la boca: -Chivito... -Chivito... sí. Diez minutos después, cuando el ganado se ocultó en un recodo de la vereda, al mismo tiempo que caía el sol detrás de una montaña, ik madre y su pequeño encima, subían hacia el puerto, repitiendo ella con amorosa persuasión: ¡El chivito! El niño volvió la cabeza hacia el fondo del valle, por donde había desaparecido tan pronto su primera alegría. El invierno fué terriblemente cruel. Bielos y ventiscas azotaban sin piedad la covacha; y aquellos resquicios de la puerta, que la Arisca liivo. ese querido cubrir con su cuerpo, eran enemigos peligrosos