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JLHIBC I N una Hendidura de la montaña estaba la vivían por la Naturaleza con ilo aes áe roca, próximos é Ni camino vecinal, ni cañada, ni senda accesible cr. -pedregosa pendiente; sólo inmensas moles de granito rodeaban la covacha, que parecía esconderse en un pliegue de- la sierra. No era posible que allí viviese persona alguna, incomunicada con el pueblo, sin más imágenes que las luces del cielo en los días claros y la monotonía del suelo infecundo. Por eso decían los vecinos de Villabaja: ¿La Arisca? ¡Puaf! ¡Si eso no espmsona. ¡Mid que vivir en un nido e huitres! Pues en el nido se albergaba hacía quince años; desde que á los veinte de su edad se casó con ella un pobrete cazador de oficio. Oye, Arisca- A. dijo. -Tújno tíés padre, nimadre... ni, como ijo el otro, ande ampárate. Tu no quisiste á t u tío, ni has guerio á tus amos... ni, como ijo el otro, á la camisa que quizá lleves puesta. ¿QuüS que mus casemos... el uno con el otro? Y como á IsL Arisca le daba lo mismo decir que sí ó decir que no, dijo que sí; se casaron, y el cazador la llevó á unas rocas solitarias, donde fabricaron su nido, al arrullo del estridente alarido de los grajos y de los sillDidos del viento. Pero ella no cambió de condición en su nuevo estado; continuó impasible, con el alma dura y fría, lo mismo que el manto de nieve que se extendía hasta el horizonte. La Arisca era una piedra más colocada en aquel terreno de aridez perdurable. El matrimonio duró once años, sin tener hijos; y cuando el hombre murió, no recibió más beso que el de los labios de su mujer, tan fríos como la misma muerte. La Arisca volvió á encontrarse sola. ¿Spla? La verdad es que, á poco de enviudar, cuando todas las tardes regresaba del pueblo con la miserable limosna trabajosamente conseguida, al recogerse en su escondrijo se sentía menos sola que nunca... ¿Por qué? Amaba ya algo que presentía desde el fondo de sus entrañas; y su condición inflexible, ruda, se rebelaba contra este sentimiento. El querido, y molesto invasor venía á destruir todas las negruras de s u egoísmo, desvaneciéndolas como un chorro de luz que rasga bruscamente las sombras y cae en la retina. La Arisca fué evolucionando, despojándose de sus asperezas. El germen de una nueva vida le prestaba, desde la clausura, perfumes de bondad y de sentiinentalismo inconsciente: tomó cariño á la covacha donde vivía, y algunas noches, al mirar desde la alta punta de una roca la majestad del firmamento y los matices del campo- -que á lo lejos festoneaba la sierra con encaje de esmeralda, -se le figuraba que tanta hermosura, estrellas y flores, se ponían sus más vistosas galas para recibir al retoño de la Arisca. Jamás criatura alguna entró en el mundo más amada que aquel muñequillo enclenque y menudito. Los treinta años de la Arisca sin amores y sin deseos, la sirvieron para acumular resistencia, acaso con la esperanza de que este día llegase. La madre no hacía más que admirar al chiquillo, rebujarle entre las sayas burdas para que no le hiriese el frío, y maldecir del tablón que, á modo de puerta y mal por una bisagra, no evitaba el paso del viento, que quería arrebatarle á su niño. E í f W