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püpi- l i iie It iocTimbía, tío J o r g e no lema aniís ü e rcirLeniamentíí había subido los escal -neji del estrado, y s e n t a d o detrás de la raes 3- con el martillo d e subasta en la mano, dirig ía A los drcutiíitantes uiia luiíada solemne y severa. Tio Julio, que tiene muy bucTi. t vo había tomado á su enrjro el oficio d e i.i Te; íOQcTo ó voceador, y por orílfii del perito comenzó: -Señores MTI dirij irse á las señoras, s e ú n costumb r e d e las subasUs) se pone á la vedta u n a uuineca vestida y articulad- i: cabellos rizados, ojos de cristal, cabeza di? por irlau -Tuedcn ustedes examinarla. Proaújose j ¡n i i ii- buUicio en el público, sobre todo cutre las cliica. s los chiquillos fiupian u n a pran intlifereucia, y pasaban la muñeca d e m a n o en m a n o sin d i g narsii mirarla. l? ua de las niñas, Maruja, la miró exla siada y dijo al oido ¿Elena, que estaba á su lado: Jlira, la cabera es d e porcelana. Quiá, tonta- -repuso Elena, -si es de meatirijillasf- ¿Cuánto ofrecen -gríló el pregonero. T o d o s callados. -Hay un postor q u e d a cincuenta céntimos, -exclamó tío Jor ie. La asamblea n o chistaba. ¡Anda, cómprala! -indicó Andrés á su hermaníta. -Di íjue d a s treinta céntimos. Treinta cuntimos! -chilló Maruja. Vamos, n a d a de bromas. -repuso lío J o r j i e -K s t a s u b a s t a es cosa m u y üL- ria, y os advierto que no toleraré chanzas H e dicho q u e h a y comprador por cincuenta uéntimos; por consiguicnle, para pii. ja h y IUe ofrecer cuenta, setenta, ochenta, noventa... y así suce. sivamenté, CJchentii céntimos! -gritó Hlisa, -hien, bien- -e Hau; ó tío Jorí; e, -veo que me lian comprendido, Sijramos. ¡Un franco! -afiadió Elena; -y Elisa temblona, Icvantándofie. ofreció: Un franco y diez céntimos! Elena se puso d e pie también, y la lucha se hizu reñida, apasiotiada: ¡Un franco vcinteF- ¡Uno treinta! U n o cincuenta! -jUno sesentaJ E s t a última tasación produjo estupor verdadero. Elis H derrotada, se sentó. No h a y quien d é más? -irritó tío Jorjie; -y después de un instante d iá un martillazo en la mesa y declaró; -Se adjudica la mniíeca á la íieñonta EÍena, digo María. De ijjnal modo se vendieron otras niuiiecasH y en pos d e las muñec. is u n a porción d e jujruetts, rejí lado por los numerosos tío? y tías de Su íana. que siempre h a h i a sido m u y mimada. Los tíos, las lías y los amibos de la casa la habían hecho infinitos rcK los, no sospechando, naturalmente, que lia 3 ía de lle; ar un día en que, p o r Consecuenci. T de la or ullosa obstinación d e Susana, tan lindos reg alos se verían dispersados por el viento d e un. T subaísta piíblica. Xo éntrale en miís pormenores, que ala redarían desmes u r a d a m e n t e ¡te reíalo; en la subasta a b u n d á r o n l o s incidentes trapeos; y cómicos: las disputas y escaramu 7 as entre l o s postores, los a r d i d e s y maqujavúlicos recursos d e estos p a r a adquirir á precios ventajosos... Y S u s a n a? -m e preíjuntaréis, ¿Qué ¿ictitud había obscr ado d u r a n t e la subasta. ¡liah, bah! la actitud de u n a p e r s o n a absolutamente índiíereiite, ¡No es posible! Q u t n o? lis la p u r a verdad. Susana no aparentó la