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-Vüiiicjs Susana, pide perdón. SnsaTiü pí- niiuTicce niiiHa. ¡Ahí ¿No quieres podirpcrdóii? S u s a n a no profiere palabra. -Eso es q u e la niña qviiere píiga r- -replica el padre. -Que v a y a A buscar su dinero. S u s a n a lo hace. El diíiero está en u n a h u c h a que rcgal 5 á la n i ñ a su tío Félix, L o trae, lo abre, no sin pena, entrega á su m a d r e el coulenido, aljíunas monedas tle plata nuevecitas: total, doce francos. -i ero- -dice el padrt- -el jarrean ese costó m u cho más caro. l,o m e n o s valia cien francos. ¿Ha calculado usted c- sto, señorita? S u s a n a no respoiide- -Y tú, ¿qué opinas? -pregunta el p a d r e á la mamá. -Opino que S u s a n a siente Tuncho lo que lia hecho, y q u e en seguida va á besar la m a n o á su papá. ¿No es así? S u s a n a baja la cabeza. -Vamos, hijita. sé d (jcil: d á m e l a mano, y v a m o s A pedir perdón a papá. S u s a n a esconde la mano, ¡P e r o uiñaf ¡Susana? -Déjala, mujer, déjala. P u e s t o que se empeíía en n o pedir perdón y los doce francos n o alcan: tan para pn ar el jarrón roto, nos veremos oblij ados á v e n d e r l o s objetos q u e le pertenecen. Vamos ¿ver, ¿qué cosas posee Susana? -Tiene s u s vestidoSn un sombrero m u y bonito... -jTíso nol Los vestidoü de n n a niña pcrteneceu á sus padres, q u e se los pieslan p a r a que no v a y a d e s n u d a por las cülles, S u s a n a hace n n a mueca siíj iificatíva. El padre continúa, impasible; -Eu realidad, no tiene s u y o s más que sus j u g u e t e s y sus m u ñ e c a s y esos objetos son los q u e vanioj á vender, -Pero ¿dónde? -Aqui mismo, m a ñ a n a Cabalmente, s u s primos y prim a s van á venir á íasar la tarde. -iDígol Serán unos compradores, que ni pintados. Al día siguiente, á las dos, primos y primas, icompau a d o s por tíos y líag, llegan A casa de Susana, Kstán inv i t a d o s hasta los parientes más lejanos y algunos ainif Ujtos y amijjn- iitas. El salón d o n d e había de verificarse a subasta estaba Heno d e gente, y había sido necesario despejar los muebles cual sí fuera á celebrarse un baile, y colocar cinco filas de sillas sólo para los chicos, 1 5 p a p a s pcniíanccían d e pie ó entraban y saliiin en el comedor contiguo. La casa estaba revuelta. E s d e advertir- -porque en u n a historia tan importante como ésta no debe echarse en olvido el más mínimo detalle- -que se había preparado u n a rica merienda, previendo que las pujas estañan muy a n i m a d a s y que los postores tendrían necesidad de reparar sus fuerzas. J V S u s a n a qué decía? Seguía sin decir nada. Ya habéis visto con qué calma h a b í a escuchado la decisión paterna. Continuaba, pues, encerrada en un m u t i s m o absoluto. Sin CTubargo. la noche anles. su m a m á había crtído oir no sé qué rumor de sollozos ahoKíidos en la camita cercana á la suya, é intranquila h a b í a p r c n U i d o á Susana: ¿Lloras, bijila? p e r o la niña contestó: No, mamá; es que estoy sonándome. Así, pues, e o m e n i ó la subasta. Tío Jorge se había encargado d e las funcione: de perito tasador. He ordinariof tío J o r g e es s u m a m e n t e jovial; sabe discurrir muy graciosas diversiones para la gente menuda, y sus cuent o s e x t r a v a g a n t e s tienen g r a n éxito entre ¡os cbíco i; pero t u aquella ocasión, penetrado de la g r a v e d a d del