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íBERDÓN, m O S M Í O! C u B Í la empinada vertiente, y atrás qneda ron el arroyo que lame las lindes del camino, el puente, los caseríos d e! ganado, el paso á nivel, la vía de tierra y la de grava, el rail y la cuneta. Llegué al sendero y emprendí la ascensión á los picos más altos. Parecía una cinta que midiera el terreno la estrecha carretera que se veía, y se ocultaba en vueltas y revueltas. Atravesé la fronda, dejé la vegetación de los arbustos y las plantas silvestres, y seguí ascendiendo. X a respiración se me hizo facilísima. El aire puro entraba y salía de mis pulmones sin el menor esfuerzo. No advertía la más importante función de mi organismo. Respiraba sin la menor fatiga. Y gocé de aquel ambiente que entre la tierra y el cielo es úiiá rtiédicina para todas las enfermedades del trabajo y de la melancolía: penas capitales del cuerpo y del alma. Subía y subía... Llegué á dos mil metros sobre el nivel del mar. Los olores de la ciudad no llegan tan arriba. Los olores del monte se disipan más abajo. La atmósfera, completamente diáfana, no empañaba ninguna línea de la cordillera ni obscurecía ningún pedazo del cielo. Ni el rumor más ligero me atormentaba. En algunos momentos, como si los oídos tuvieran ojos, me parecía que miraban hacia adentro y que escuchaban mis pensamientos... una música cerebral incomparable: la que oye la madre que lleva al hijo en las entrañas; la que oye el que reza, algo del alma, algo de aquel salmo en que la creación entera canta y adora. Envuelto en esa gran cortina que llaman atmósfera los sabios y llaman firmamento los creyentes, y detrás el cielo... algo parecía que del cielo me llegaba. Lo demás, á mis pies. Las torres, los palacios, los monumentos, las casas, las cuevas, las guaridas, las piedras, las plantas, los animales, los hombres... Como dice la filosofía: lo que gravita, lo que vive, lo que siente, lo que piensa. La catedral y la ermita. Y seguía subiendo. En la más alta cima descansé. Un libro de Geografía asegura que ya estaba á tres mil metros sobre el nivel de las aguas saladas. Con un anteojo divisé una línea obscura... El mar á muchas leguas. La meseta era estrecha y de piedra viva. Ni las cabras suben tanto, porque la comida de estos animales se acaba más abajo. Las nubes se apiñaban á mis pies. El sol no tenía celajes. Calentaba menos que en el valle, y admiraba con más fuerza y mayor atracción. Pasajeramente me distrajeron dos águilas que descendían con majestuoso aleteo á la llanura, después de mirar al sol cara á cara. Y puesto sobre el pico- de la cumbre, sentí una emoción inexplicable que me avasallaba, que me anonadaba, que se me imponía con divina pesadumbre. ¡Todo lo veía en el fondo, muy abajo, muy abajo! Tronos, instituciones, organismos, fuerzas, magnates, señores, pordioseros, tiranos y verdugos, filántropos, locos y cuerdos... Allí los odios brutales del parentesco, las más encarnizadas luchas de la amistad, las envidias venenosas de la vida colectiva, los fingidos afectos, y ardiendo los rencores del daño y del daño recibido. Cuanto nos divide, separa, aniquila y destruye. Todo el contenido del corazón humano, según Balzac. Dos sentimientos agitaron entonces mi espíritu: el primero me decía: ¡Levántate, mira hacia abajo y maldice! Tile dominó el segundo, y exclamé de rodillas levantando los ojos, el pensamiento y el corazón al cielo: ¡Perdón, Dios mío! C. SOLSONA DIBUJO D E REGIDO