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Vuelto en un sayal ele estameña j- ocuUo el rostro con la amplia capucha. La gentil muchacha comenzó sus oraciones tartamudeando, y á poco lágrimas y sollozos convirtieron su voz en lento gemido. -Padre- -decía la sinventura, -mientras tuve la seguridad de que amaba á mi marido, soporté gustosa las penas que sus infames celos me causaban; pero no puedo sufrir más tiempo el agravio que me hace y comienzo a aborrecerle. Me causa tedio su presencia, y cuando me habla siento que mi odio me atormenta más que sus insultos. No pudo escuchar más el marido. Sus manos crispadas buscaron un puñal que antes había escondido entre una arruga del hábito y el cordón que lo sujetaba á su cintura. Se puso en pie, salió del confesonario, levantó el brazo derecho en alto, y al dejarlo caer en golpe mortal sobre la infeliz criatura, que seguía gimiendo arrodillada, brutal estremecimiento agitó su cuerpo, cegaron sus ojos y paralizóse la voz en su garganta. Quedó así un breve instante y luego miró aterrado el puñal convertido en crucifijo de bronce, y creyó que aquella dulcísima boca de Cristo, entreabierta, lanzaba un gemido doliente, y que de las heridas manaba sangre, y que la frente se contraía agujereada por la brutal corona de espinas. ¡Milagro! -gritó. El espanto de su voz temblorosa causó en los fieles terror sobrenatural. Ninguno se atrevió á moverse. Solo fray Donoso se acercó al muchachote, que seguía gritando: ¡Milagro! ¡Milagro! ¿Qué es esto? -preguntó el monje. ¡Perdonadme! Escondí mi puñal para matar á mi mujer si confesaba su adulterio... ¿Os lo ha confesado? -No; me habló de su odio, y al querer herirla encontré en vez de mi puñal ¡un crucifijo! Salieron los fieles de la santa casa pálidos y temblorosos. La noticia del portento divino corrió la ciudad en un instante. El crucifijo, colocado bajo urna en el altar, vio á los esposos rezar muchas h o ras, deshechos en lágrimas de arrepentimiento y alegría. El pueblo corría presuroso á ver el Cristo del Puñal, y mientras, fray Donoso consolaba á un pobre monje que, creyéndose en gravísifno pecado, le decía: Castigadme, santo padre; castigadme como queráis. Esto es una superchería, lo sé. Pero quise hacer u. na buena obra. Al disfrazar al criado del Duque le vi esconderse el puñal, y temiendo por la vida de alguien se lo cambié con maña por el crucifijo de mi celda. -Levántate, hermano mío- -replicó fray Donoso. ¡Milagro ha sido, sin embargo; que Dios se vale de los medios más sencillos para salvar á sus criaturas! En el tumultuoso correr del tiempo, el crucifijo se ha perdido, y el convento que en memoria del milagro hicieron levantar los Duques, está ruinoso. ¡Hasta la leyenda se ha olvidado, no quedando de ella rastro en las crónicas de la Orden á que fray Donoso pertenecía, ni en los anales de la ciudad, y gracias á que yo la he adivinado en una noche de insomnio... DIONISIO P É R E Z D I B U J O S DE M É N D E Z GRINGA